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La mujer que se quería meter a la tumba y no la dejaban by Walo Fenton is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 3.0 Unported License

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Dedicado a Blake J. Robbins, Julian Assange y Brad Manning
La idea de ir a estudiar al extranjero fue de mis padres. Me lo propusieron y me interesó. Me mostraron varias escuelas en diferentes países. Todas exigían un buen nivel de inglés y una tableta computadora. Después de unos días de indagar y comparar, mi padre se aferró a una. Era de puros hombres y gozaba de mucho prestigio en su estado. Me enseñó el sitio en su tableta; estaba lleno de información sobre los récords que se rompieron en las úlimas competencias de natación, así como noticias y horarios de los próximos partidos de hockey. Me dijo -métete a ver la escuela- y se arrimó para ver, igual que mi madre. Le dije a la tableta que cargara el recorrido. Apareció un anuncio. Decía que el recorrido había sido donado por LINK, empresa a la que se agradecía por sus «invaluables aportes a la educación en todo el mundo». El anunció terminó y unas escaleras aparecieron en la pantalla. Un hombre me dió la bienvenida. Llevaba un abrigo grueso y una bufanda. Su pelo ondulaba en el aire. El hombre se presentó y preguntó -en inglés- si estaba interesado en estudiar allí. Dije que sí. Preguntó mi nombre. Se lo dije. Lo pronunció mal. No lo corregí, a fin de cuentas había sido creado en el extranjero. Me preguntó qué parte de la escuela quería conocer. No supe que contestar. Me sugirió la casa principal y pidió que lo siguiera. Deslicé mi dedo por la tableta para subir las escaleras. Me abrió la puerta.
La casa principal era grande, y a pocos metros de la entrada se exhibía una estatua de un jugador de hockey con su casco bajo el brazo y sosteniendo su bastón. Detrás de esta había un enorme retrato de un hombre tocando una gaita y vistiendo una túnica y un tartán militar. Mi anfitrión me habló de la gran importancia que le daban al liderazgo y a la tradición. Me enseñó algunos de los cientos de trofeos que tapizaban la pared, solo interrumpiendo la charla -breve y sutilmente- para preguntar sobre mi deporte favorito, nacionalidad, familia y música que me gustaba.
Me llevó a la explanada principal, ubicada frente a la casa. Era grande y deslumbrante. Los árboles que la rodeaban estaban acomodados y podados a la perfección, y sobre su pasto rico y parejo, se alineaban decenas de jóvenes uniformados con la túnica y el tartán. Frente a ellos, el jefe de la tropa blandia una espada y gritaba instrucciones para la formación. Junto a él, un personaje tosco y chaparro tocaba la gaita. Otras cuadrillas de jóvenes con ropa deportiva trotaban alrededor de la explanada, alegres, desenfadados. Algunos espantaban a bandadas de palomas que al ser sorprendidas se alzaban y bailaban entre árboles de hoja abundante y colorida. En el fondo había una puesta de sol dorada con tintes de magenta. – Es genial – dijo mi papá -. ¿No te parece?-. Asentí. Mi anfitrión dijo que era un lugar de mucho frío; que en temporada de nieve se inundaban los jardines para que los alumnos jugaran hockey todo el día sobre el hielo. Me preguntó si quería ver. Dije que sí y, lentamente, el cielo se tornó gris y nieve cubrió los techos y árboles. Los cadetes y trotadores desvanecieron y otros cuerpos se materializaron: jóvenes de gorro y bufanda deslizándose sobre el hielo, bastones, porterías. Mi anfitrión apareció en la orilla de la pantalla, sonriendo. También vestía gorro y bufanda, y cuando hablaba, vaho salía de su boca.
Visitamos los dormitorios y los salones de clase. Eran modernos, impecables. Los dormitorios alojaban a dos personas por cuarto, y cada una tenía su propio escritorio y closet. Mi guía señaló que siempre era grato tener un compañero de cuarto extranjero porque se aprendía mucho de otras culturas. Cada dormitorio tenía un cuarto de juego, muy grande y oscuro, equipado con varias consolas de juego con su respectiva pantalla. En el argot escolar era conocido como «el calabozo». Solo se podía jugar después del tiempo obligatorio de estudio. Los salones eran pequeños . Habló de su diseño y su impacto en la concentración y motivación de los maestros y alumnos. Los maestros vivían en la escuela y muchos eran entrenadores y, o, jefes de dormitorio. -Somos como una gran familia- dijo-. Los salones, así como el software que se usaba para tomar apuntes, ver mapas de la escuela, acceder los libros digitales de la biblioteca o echar un vistazo a los scores y estadísticas de los jugadores había sido diseñado por los maestros junto con LINK. Me preguntó si estaba listo para lo mejor; que había guardado lo mejor para el final. Dije que estaba listo.
Me llevó por un camino que parecía sacado de una pintura. Había salido el sol y la nieve tenía un tinte dorado. Vi un par de perros, un muñeco de nieve, y varias barracas de madera abandonadas. Todo tenía un aire campirano, acogedor. En el trayecto, mi guía me retó a una carrera. Yo gané. Llegamos a las canchas de tenis – le había dicho que me gustaba el tenis – . Estaban impecables. Había de cemento, de arcilla y de pasto. La nieve se había acarreado a las orillas y formaba un murete natural, blanco y perfecto. Pasamos a una cancha y me dijo que la escuela desde hace muchos años encabezaba los rankings de tenis a nivel local. Me preguntó si era fan de Guillermo Vela, el tenista más popular de mi país. Me sorprendió. Le dije que sí era fan de Vela. Me preguntó si quería jugar. Dije que sí. Fue a una banca donde había una mochila. Sacó pelotas y un par de raquetas. Me dió una. Empezamos a pelotear. Me preguntó si ya me había acostumbrado a los controles, y que si ya estaba listo para jugar un partido corto. Dije que sí. Después de varios puntos me di cuenta que las gradas se empezaron a llenar de gente. Aplaudían después de los puntos buenos y gemían cuando la bola botaba fuera. Fue un juego corto. Gané, y el público explotó de alegría.
No puse mucho empeño en buscar otras escuelas. Mis padres estaban tan emocionados con esa que no quise quitarles la ilusión. Mandamos los documentos y después de un par de semanas de zozobra nos avisaron que había sido aceptada mi solicitud. Ese día mi papá estaba emocionado. Llamó a mamá y a mi hermana y prendió la tableta. La pantalla se puso negra y salió un video promocionando una crema antiarrugas. -¡Crema PERLE DE CULTURE! -gritaron mis padres al mismo tiempo-, y el anunció se esfumó. Un mensaje discreto indicó los puntos que se habían obtenido. Mi padre dijo que le faltaban pocos para que le hicieran un descuento a sus tarifas de internet. Mi hermana pidió que le compraran la crema. Mi mamá le dijo que no, que ya le había comprado algo ese día. Mi hermanita se enojo, y con un comando de voz le dijo a su tabletita -adornada con estampitas- que luego le recordara comprar una crema para las arrugas. La tableta le respondió con la voz de un personaje de caricatura. Mi padre se conectó a la escuela y entró al área de inscripciones. Una señora de lentes apareció detrás de un escritorio y saludó. Era amable y sonriente. Preguntó si era padre, madre o buscaba otra información. Dijo que era mi padre, que ya había sido aceptada mi solicitud y que estaba listo para firmar. El programa le preguntó si era el padre del niño que le gustaba el tenis. Mi padre dijo que sí. La señora, – que también pronunció mal mi nombre – corroboró unos datos. Hablaron de unas tarifas y paquetes de vuelos y y mi papá autorizó el pago. La señora felicitó a mi padre. Mi mamá me volteó a ver emocionada. Mi hermanita visitaba un sitio que había visto en su caja de cereal.
El avión estaba casi vacío y yo estaba nervioso. Entré, desde mi tableta, a una de mis cuentas en internet y escribí un breve mensaje. Después me arrepentí pensando que era ridículo, pero mis amigos no se burlaron y me contestaron con buenos deseos. Se me dificultó un poco responderles porque me temblaban las manos. Nunca había estado lejos de casa por mucho tiempo. Pensaba en el tenis. Me preguntaba si serían buenos los jugadores de la escuela. Sentía que yo era bueno, pero quizá allá sería de los malos. Mi nuevo hogar parecía ser muy diferente a lo habituado. Era una escuela de mucho prestigio, y costosa. Mi madre me había dicho que la aprovechara al máximo, que no sería fácil para mi padre en cuestión de dinero. Hasta una tableta nueva se le daba a cada alumno a su llegada. Eso me emocionó. Mi madre me dijo que había que valorar eso también, ya que muchos niños no podían comprar tabletas.
La inspectora de aduanas me saludó. Me preguntó de donde era y a adónde iba. Era amigable. Le dije. Sonrió y me dijo que la escuela era de las mejores, que eran campiones de hockey en el estado y que me asegurara de tomar el transporte que viajaba por la ruta cincuenta y ocho porque el otro iba para el otro lado. Checó mi equipaje y pidió que me parara frente al escáner de cuerpo completo. Una vez tomadas las imágenes se enchufó a mi tableta y la escaneó. -Todo en orden- me dijo-. Me deseó un buen viaje y se despidió dicíendome que era un chico suertudo por tener la posibilidad de estudiar en esa escuela.
El camión me dejó frente a la escuela. Era más grande y bonita de lo que había imaginado. El sol regaba los campos deportivos que cubrian varios kilómetros y estaban rodeados por árboles enormes. Junto a la entrada, una placa exponía el nombre de la escuela sobre un escudo que consistía de un yelmo flanqueado por dos unicornios. Encima estaba la cimera, un leon sosteniendo un cetro. Una pequeña avenida se asomaba entre las rejas y bordeaba los campos hasta perderse entre los árboles. Tomé el camino, un poco nervioso. No di muchos pasos cuando llegó un joven sobre un transportador amplio. Iba uniformado y me saludó. Estaba muy acelerado. Me dijo que era un día de locos porque arribaban todos los estudiantes. Me ayudó a subir mi maleta al transportador y me condujo por el camino. Me dejó en la explanada principal, se despidió y regresó por el camino. El lugar parecía hormiguero. Cientos de personas convivían sobre el pasto que lucía tan perfecto como lo había visto en la tableta. Me conmocionó ver a tanta gente. Padres abrazaban a sus hijos y maestros daban la bienvenida a nuevos integrantes. Había puestos de comida, meseros sirviendo vino, y tocaba la banda de pipas y tambores, que -había leído-, era una de las más reconocidas en el estado. Un par de jóvenes cerca de mí platicaban en español, y fui a preguntarles de donde eran. Resultaron ser paisanos, de mi edad, y también se veían conmocionados. Eran agradables. No sería difícil entablar amistad con ellos. Me sentí mejor.
Un estudiante mucho mayor que nosotros nos dió la bienvenida y nos llevó a la casa principal. Allí estaba la estatua del jugador de hockey y el retrato del militar . Unas palabras estaban labradas debajo de la estatua. Decían: EN MEMORIA DE JASON WEEDON. EL CAPITAN, EL GRAN SOLDADO, EL AMIGO. Nos formaron en una fila, donde esperamos para entrar a una de las oficinas donde asignaban los cuartos. Unos estudiantes platicaban detrás de mi. Hablaban de hockey. Las pruebas para el equipo junior serían en un par de semanas, y ese año había muchos contendientes. Hablaron del hombre de la estatua. Uno dijo que su hermano estuvo en el equipo con él. Dijo que era una leyenda y que le hubiera encantado verlo jugar, especialmente el juego donde anotó diez goles. El otro había escuchado que antes de morir en la emboscada, Weedon había eliminado a una bandada entera de terroristas. Volteé a ver la estatua. Me hubiera gustado verlo jugar hockey, y ser tan bueno para el tenis.
Pasé a una oficina y me recibió una señora jocosa. Preguntó mi nombre y lo buscó en su tableta. Lo pronunció mal. No la corregí. Checó los datos y se alegró de que jugara tenis. Me dijo que no habían llegado muchos jugadores de tenis y estaba preocupada de que faltaran miembros para completar el equipo. «Mejor» pensé, así no quedaría fuera. Dijo que mi cuarto estaría en la casa Wells, y que tenía mucha suerte. El dormitorio era nuevo, el más equipado, y estaba repleto de lo último en tecnología. Había sido donado por la famila Wells, dueños de la empresa fabricante de artículos de deporte más grande del país. Todos los hombres de la familia habían estudiado ahí, y la empresa proveía a la escuela de las mejores pelotas y cascos del mundo. El dormitorio había sido diseñado por el mismo arquitecto que diseñó el estadio de la capital, el más moderno. Mi compañero de cuarto sería un jóven coreano llamado Kim. La señora tomó una de las decenas de cajas que tenía a su lado y me la dió. Era mi nueva tableta. Parecía estar más emocionada que yo. – Cuida mucho tu tableta- dijo – y nunca dejes que la vea un chico de Greenwoods-. No sé que es Greenwoods- le dije. -Oh Dios- exclamó. -¿Cómo es posible?- preguntó con un deje de reproche tierno. -Greenwoods es la escuela que está en el pueblo vecino. Son nuestros rivales en casi todos los deportes. En las finales estatales casi siempre estamos ellos y nosotros. Les quitamos la copa anual de hockey el año pasado. Por eso están atentos de lo que estamos haciendo. Hace poco un alumno vió a unos chicos de Greenwoods espiando las prácticas del equipo de football en los campos. Siempre han sido truculentos. Pero nosotros somos mejores.- Pidió que cuando llegara a mi cuarto me tomara el tiempo para ver el canal de la escuela. Todos los programas del canal eran producidos por los alumnos y accesibles a través de la aplicación escolar. Viéndolos me aclimataría rápidamente. Luego habló de los cadetes. Describió el programa con mucha emoción. Era el corazón de la escuela e iba a cambiar mi vida. Para los ex-alumnos, el programa era de las cosas más entrañables, de lo que más se acordaban. Que «hace no mucho tiempo», ella se había topado con un viejo exalumno japonés, y a este se le salían las lágrimas cuando recordaba una de sus expediciones de tropa. Los amigos que se hacían en los cadetes, nunca se iban a olvidar. A ella casi se le salían las lágrimas también. El programa de cadetes tenía cuatro divisiones, y uno podía escoger de cual quería formar parte. Estaban los cadetes regulares, los cadetes del aire, los cadetes del mar y el programa de pipas y tambores. También había un programa para los niños -los llamaban «ardillas» en vez de cadetes- que era mucho más relajado y no tenía divisiones. Dijo que no había nada más lindo que un niño en uniforme. Todos tenían apodos y rangos que iría conociendo. Me preguntó si había escuchado a la banda que tocaba en la explanada. Eran los miembros más avanzados de pipas y tambores. Estaba a punto de salir de la oficina cuando me detuvo. Casi se le olvidaba darme mi diadema para el neuroexamen de aptitudes. Era desechable y no tenía que regresarlo. Todos tomaban el examen, y era importante para conocer mis habilidades. Me sería más fácil escoger, por ejemplo, una división en el programa de cadetes. Debía hacerlo solo, en mi cuarto, y antes de dormir para evitar distracciones. Se despidió sonriendo y dijo que no me perdiera la fiesta de bienvenida, que tenían planeado algo fuera de serie. Pedí direcciones para llegar a la Casa Wells. Caminando con mi maleta, junto a la explanada, me dí cuenta que ya no había vuelta atrás, que estaba solo e iba a estar lejos de casa por mucho tiempo. Me llené de un vigor extraño pero muy placentero.
La casa era de dos pisos, no estaba lejos de la explanada, y olía a nueva. Contentos, alumnos y sus familias recorrían el dormitorio, que tenía una sala de buen tamaño con varios sillones y una pantalla enorme empotrada en la pared. Retratos de miembros de la familia Wells adornaban las paredes. Junto a la sala habían construido el «salón de los records ORCHARD», que contenía trofeos, fotos, bastones de hockey y otros objetos del patrimonio deportivo de la escuela. Un pasillo llevaba a todos los cuartos. Varios anuncios se exhibían en la pared. Me llamó la atención uno donde varios meseros elegantes caminaban en un campo rico y verde, cargando sus charolas, serios y orgullosos. Se acercaron a unas vacas -acostadas,disfrutando del sol- y les dejaron un plato extravagante, repleto de trigo y maiz. Los meseros se alejaron y aparecieron las palabras «Porque les damos solo lo mejor, calidad ORCHARD». Llegué a mi cuarto y saludé a mi nuevo compañero y a sus padres. Hubo poca plática. No hablaban bien inglés y estaba seguro que no me entendían, pero ninguno dejaba de sonreír. Kim era grande, torpe, sencillo y alegre. Me agradó en seguida.
Salí a la explanada para buscar a mis paisanos. La banda seguía tocando. Caminé entre la gente. Las señoras platicaban de sus hijos, de lo mucho que el programa de cadetes había ayudado a ser mejores personas. Los señores hablaban de deportes, y vestían gorras y camisetas de la escuela que habían comprado en la tienda de «memorabilia». Los hombres de uniformes llenos de parches e insignias hablaban de la guerra. Encontré a mis amigos paisanos y nos pusimos a platicar. Pronto llegó el compañero de cuarto de uno de ellos, un local gracioso y parlanchín llamado Michael. Dijo que nos iba a decir todo lo que necesitábamos saber sobre la escuela; tenía un par de años ahí. Dijo que nos iba a enseñar lo necesario para que no nos convirtiéramos en unos «dusters». Uno de mis paisanos le preguntó qué era un duster. El parlanchín dijo que un duster era alguien que tenía «ruedas cuadradas», que no hacía nada más que sentarse en una banca y «acumular polvo». Por eso los dusters también eran referidos como «polvo». Sacó la lengua y se sacudió como si estuviera cubierto de polvo. Nos reímos. Los dusters no hacían nada bien. Si tu entrenador no te metía constantemente a los partidos, eras polvo. Si no te bañabas todos los días como los alumnos chinos, eras polvo. Y si eras de Greenwoods, definitivamente eras polvo. Iba a dar otro ejemplo cuando el fuerte sonido de una gaita llamó la atención de todos. -¡Sí!- gritó Michael- ¡Ahí vienen! Se despidió y corrió a la esquina de la explanada, donde unos jóvenes con el jersey del equipo de hockey marchaban detrás del cadete que tocaba la gaita. Escuché que era el equipo del año anterior, y habían ganado la copa anual del estado. Todos les aplaudieron y chiflaron. La gente les abrió el paso. Se detuvieron en el centro de la explanada. El de la gaita hizo una pausa y luego empezó a tocar de nuevo. Era el himno de la escuela, y padres de familia, niños y maestros cantaron. A punto de terminar el himno, un miembro del equipo puso un gran cohete en el piso y lo encendió. Salió disparado al cielo. Poco tiempo después explotó, y fuimos bañados por miles de papelitos de colores. La gente aplaudía feliz cuando un avión militar, volando muy bajo, pasó por encima de nosotros a gran velocidad. Varios se asustaron con el ruido, pero después todos gritaron de la emoción. El avión regresó a las nubes y luego se fue, pero había dejado en el aire unos cuerpos que se hacían cada vez más presentes. – ¡Los halcones!- alguien gritó-. Los halcones abrieron sus paracaídas y de inmediato empezaron a lucirse, girando hábilmente en el aire. Cayeron en el centro de la explanada y se zafaron el paracaídas para luego doblarlo en un instante. Un helicóptero de ataque apareció y se detuvo sobre nuestras cabezas. Cuerdas salieron de sus costados, y por ellas resbalaron varios soldados. El helicóptero se alejó dando vueltas para impresionar a la muchedumbre. Los soldados se quedaron toda la tarde en la escuela, platicando y mostrando sus metralletas, animados, a las decenas de jóvenes alborotados que los rodeaban.
Kim dijo -luz- y su lámpara se apagó. Yo prendí mi tableta. «FAVOR DE APUNTAR LA TABLETA HACIA SU ROSTRO» decía en letras grandes. La tableta escaneó mi rostro con el lente. -ESCANEO EXITOSO». Continuó: «FAVOR DE LEER EN VOZ ALTA LO SIGUIENTE: LA CIGUEÑA TOCABA EL SAXOFON DETRAS DEL PALENQUE DE PAJA». Leí. «COMANDO DE VOZ ACTIVADO». De ese momento en adelante, solo yo podía dar órdenes a la tableta. «FAVOR DE PONERSE LA DIADEMA». Me la puse y ajusté los auriculares a mis oídos. El programa la detectó y siguió: -Favor de decir en voz alta tu nombre y apellido-. Se lo dije y apareció mi nombre en la pantalla junto con mis datos. El programa pidió confirmación para continuar. Pulsé el botón. La tableta me dió las gracias y aparecieron las palabras «FAVOR DE ESPERAR, CARGANDO NEUROEXAMEN DE APTITUDES». Me puse un poco nervioso, no sabía que iba a pasar. Me tranquilicé cuando vi que era un juego. Aparecí debajo de una mesa. Tenía varios controles para moverme y uno para brincar. Lo piqué. Dí un brinco y escuché el aullido de un perro. Había otro botón que tenía la forma de una pequeña bocina. Lo probé. Escuché un ladrido. El juego parecía divertido. Me alejé de la mesa. Estaba en una cocina, y el sol se colaba por las ventanas. Escuché ruidos; venían de afuera. Eran risas. Pasé por la puerta y entré a una sala. Había un espejo junto a unos sillones. Me acerqué. Era un perro grande, peludo y simpático. Una placa colgaba de mi collar. Decía MAX. en el Curioseaba por la sala acostumbrándome a los controles cuando una música tenue empezó a llenar la sala. Era una melodía para niños, y salía de un aparto colocado sobre una mesa. Me acerqué y subí las patas para ver el aparato. Era una caja pequeña, y parecía ser muy antigua. Sobre ella giraban lentamente las figuras de un niño pequeño y un coche. El coche lo conducía una mujer. El niño tenía la pierna levantada y el brazo extendido. Daba la impresión de estar corriendo desesperado tras el coche. Junto al aparato había fotos de una familia pequeña. Supuse que eran mis dueños. Papas y dos hijos pequeños, un niño y una niña. La niña hacía ballet, y al niño le gustaba el futbol. Escuché unos chiflidos. Venían de afuera. Escuche que gritaron -¡Max!-. Quise ir a la ventana pero al bajarme de la mesa tiré una foto y se rompió el marco. -¡Max! ¡¿Qué hiciste?!- gritó alguien. Me puse nervioso. -¡¿Qué hiciste?!- volvieron a preguntar-. Hubo silencio por unos segundos. -¡Ven acá! – gritaron. Fui a la ventana y me asomé. La familia tenía un asado en el jardín, y la señora me veía, un poco enojada. -Ay Max, otra vez haciendo desastres. Ven para acá que te tengo un pedazote de carne-. Me mostró un gran pedazo de carne jugosa. Quise salir por la puerta pero estaba cerrada con llave. Busqué otra salida; no había. Seguían llamándome, cada vez con más vehemencia. Pensé en salir por las ventanas pero también estaban cerradas. Volvieron a llamarme, la señora se escuchaba muy enojada. Subí corriendo las escaleras de la casa. Un pasillo conducía a los cuartos. Los cuartos de los niños no tenían salida, pero había una ventana abierta en la alcoba principal. Quise asomarme pero la ventana estaba muy alta. En la alcoba no había nada que pudiera acercar a la ventana, pero en el cuarto del niño encontré un pequeño buró. Lo empuje hasta el pasillo y luego intenté acercarlo a la ventana, pero el espacio entre la cama y la pared era muy estrecho y no cabía. La única manera de hacerlo pasar era girándolo, pero el cuarto era tan pequeño que tuve que sacar el buró al pasillo para poder hacerlo. Hecho esto, acerqué el buró a la ventana y me asomé. Había un cobertizo bajo la ventana. Brinqué al cobertizo y de ahí al jardín. La señora me recibió orgullosa, me acarició, y me dejó el pedazo de carne en el suelo. Me acerqué y piqué un boton. Mis mandíbulas se empezaron a mover, y pude escuchar los ruidos que hacía con mi hocico. Comí el pedazo y la señora me dejó otro en el suelo. Volví a comer. Antes de terminar, la señora ya había puesto otro pedazo junto a mí. Comí el tercer pedazo, y antes de que se acabara, ya tenía otro frente a mis patas. Para el sexto pedazo ya me había aburrido, así que me di la vuelta para inspeccionar el jardín. Se me acercó el niño corriendo y empezó a patearme. Traté de alejarme pero el niño me obstruía el paso. Yo aullaba con cada patada. Oprimí la bocina para ladrar y el niño empezó a llorar. Llegó su papá y me regañó con tanta enjundia que volví a ponerme nervioso. Me ordenó que me fuera de la casa y que no volviera. Levantó la mano para pegarme, así que me alejé. Levantó piedras y me las lanzó hasta que me fui muy lejos. No sabía que hacer. Esperé un poco pero luego decidí que era mejor alejarme. Tomé un caminó que cruzaba el enorme maizal que rodeaba la casa. Después de caminar un rato sin ver más que maíz me rebasó una jauría de perros idénticos a mí. Corrían alineados y en perfecta sincronía. Los alcancé y me alineé detrás de ellos. El camino llegó a su fin, y el líder de la jauría se detuvo antes de entrar a un bosque oscuro y sombrío. De su interior salían ruidos extraños. La jauría no se movía. Jadeaban de cansancio pero tenían la mirada fija al frente. Esperé. Después de un rato me aburrí. Decidí entrar al bosque, y apenas lo hice, la pantalla se puso negra. Un mensaje apareció: «¡FELICIDADES, HAS COMPLETADO TU EXAMEN!»
El día siguiente había que escoger deporte para el primer periodo deportivo que abarcaba todo el otoño. Era obligatorio y si uno quería estar en el equipo que representaba a la escuela en torneos oficiales había que hacer pruebas. Hice las pruebas para el equipo principal de tenis y fui seleccionado. Me dió mucho gusto porque no estaba fácil, había muy buenos jugadores. El entrenador era un tipo serio, pero me dijo que tenía buen revés y que sería valioso en el equipo. Busqué a mis paisanos para contarles. Unos lograron entrar al equipo de basquetbol y futbol. Otros no pudieron y se quedaron en los equipos que también entrenaban mucho pero competían en torneos menos importantes. Después de las pruebas, tuvimos todo el día para conocer la escuela y prepararnos para las clases que estaban a pocos días de empezar. Nos dieron uniformes -saco y corbata- y nuestro tartán militar para las marchas que se hacían una vez por semana. Todos hablaban de los cadetes. Había que escoger una división en el programa. Esperaba que los resultados del neuroexamen me ayudarían a escoger. Les pregunté a mis paisanos sobre sus examenes. Quería saber qué habían hecho ellos, pero todos los exámenes eran distintos. Uno de mis paisanos contó que le había tocado ser un bombero en una ciudad en llamas. Otro dijo que él había sido un ratón. Todos nos reímos. Fue un día emocionante, y en la noche estaba rendido. En la sala de mi dormitorio varios jóvenes veían la televisión. Busqué un sillón y me senté. Un hombre me saludó y se presentó como el señor Robert, jefe de la casa Wells. Vivía en la casa contigua con su esposa y era entrenador del equipo de natación. Me dió la bienvenida, me felicitó por haber sido seleccionado al equipo de tenis y pidió silencio a todos porque el programa escolar -el primero del periodo- estaba empezando. Dos jóvenes aparecieron en la pantalla. Uno traía puesto un sombrero de frutas y el otro estaba en traje de baño. Todos se rieron. Detrás de ellos había una playa llena de mujeres en bikini. El efecto era generado por la computadora. Los conductores hicieron un par de bromas y luego uno expresó su alegría por contar con un nuevo deporte en la escuela. Saludó a un alumno que apareció con su micrófono frente a una alberca donde varios nadadores con goggles y gorro hacían las rutinas menos elegantes del mundo. Todos nos reímos. Era el equipo de nado sincronizado más asincrónico del mundo. Los conductores luego hicieron un recuento de la fiesta de bienvenida, y dieron las gracias al departamento de defensa por brindarnos un gran espectáculo. En el siguiente segmento se hicieron entrevistas. La primera fue al director de la escuela. Se llamaba Mr. Sifton y pocos se rieron de sus chistes. Habló de cambios en el programa atlético y el de cadetes. Luego se entrevistó a los miembros del equipo de hockey. Les preguntaron sobre sus expectativas para el periodo, nuevos jugadores y rumores sobre un posible cambio de entrenador. El entrevistador les hacía preguntas irreverentes. Quería saber, por ejemplo, qué marca de desodorante y pasta de dientes usaban. En otra sección se le preguntaba a varios alumnos quien pensaban que era el duster más grande de su dormitorio. Después de las entrevistas se mostró un video de la visita que había hecho un grupo de estudiantes a los antiguos campos de batalla. Una música emotiva acompañaba las imágenes de los tanques anticuados, así como las miles de lápidas blancas que cubrían una pradera verde y extensa. Apareció la lápida de Jason Weedon. Tenía inscritas unas palabras y una cruz, así como la fecha de su muerte. La última imágen exhibía una enorme piedra que postrada sobre una colina que se elevaba en medio de las lápidas. Tenía un escrito grabado: Y SU NOMBRE VIVIO PARA SIEMPRE. Siguió un reportaje de un alumno sobre las nuevas medidas de seguridad implementadas en las tabletas. La tableta podía detectar hasta el mínimo cambio de tono. Solo el primero en activarla podía usarla. – Así no hay que preocuparse si un duster te roba tu tableta- decía el locutor al mismo tiempo que aparecía en la pantalla la imagen de un puerco vistiendo el uniforme de Greenwoods -saco y corbata verde-. Varios vituperaron al puerco. Un chico aventó una palomita a la pantalla. El programa terminó con información sobre el torneo de apertura y la despedida del grupo de porristas de los equipos de hockey y futbol. Las niñas estaban muy lindas, y todos chiflaron y gritaron cuando salieron. Me despedí de Mr. Robert y fui a mi cuarto. Tomé mis cosas de baño, toalla, y caminé a las regaderas. En la ducha pensaba en el torneo hasta que escuché algo bajo mis pies. Era un pequeño panel publicitario donde un comercial se repetía una y otra vez. Daba a conocer un equipo de estudiantes llamado el «LINK SQUAD» que te ayudaba si tenías algún problema técnico con tu tableta. El comercial era un pequeño sketch donde un alumno desesperado hace una llamada de emergencia al escuadrón porque su tableta no responde y tiene examen el siguiente día. El equipo recibe la llamada en unas oficinas y atiende al llamado como si fueran agentes de la S.W.A.T. Al final se proporcionaba un correo electrónico y se invitaba a los alumnos con habilidades en informática a formar parte del equipo. El comercial era gracioso y cuando terminó pronuncié el nombre del escuadrón. El panel preguntó mi nombre y me notificó los puntos que recibí. Podía canjearlos por dulces o refresco en una de las tienditas de la escuela.
El día siguiente, en la noche, llegó un señor al dormitorio. Su uniforme era de cadete, pero daba la impresión de tener un rango muy alto. Cuando llegó, el dormitorio se llenó de vida. Entró gritando y en el pasillo interceptó un balón de futbol con el que jugaban unos estudiantes. El oficial corrió por todo el dormitorio, y el alboroto provocó que lo persiguieran cada vez más chicos para quitarle el balón. Por fin fue derribado y reía en el suelo junto con los estudiantes. Era el sargento McPherson, el encargado del programa de cadetes. Todos los conocían y él conocía a todos. Era la persona que revisaba los neuroexámenes y te ayudaba a escoger que querías hacer en los cadetes. También era el que organizaba los torneos de videojuegos. Esa noche llegó a mi cuarto mientras acomodaba mi closet. Me saludó y me llamó por mi nombre. Se presentó y sonriendo dijo que había visto mi examen. Me puse un poco nervioso y el lo notó. Me dijo que no me preocupara, que lo había hecho muy bien, que en mi cerebro había mucha actividad y eso era muy bueno. Me preguntó si había pensado en qué división de los cadetes quería estar. Le dije que me habían gustado los cadetes regulares. Según muchos alumnos, esta división era de las más sólidas, y a menos que te gustara mucho la música, volar o estar en el mar, era la mejor opción. El sargento me felicitó por una muy buena decisión y lo apuntó en su tableta. Dijo que el siempre había pensado que los cadetes regulares eran los mejores y que un carácter como el mío se iba a desarrollar mejor en los cadetes regulares. Todos tenían un talento y si yo no tenía claro lo que era, los cadetes me ayudarían a encontrarlo y amplificarlo. -Los cadetes no solo son los hijos de puta más rudos-dijo con mucha enjundia y una sonrisa.- Son los más íntegros y participativos en la comunidad. Si tu sales de la escuela, caminas al pueblo y les dices que eres cadete de esta escuela, las ancianas te van a pasar a sus casas para darte galletas con leche. El parque en el centro fue totalmente reconstruido por nosotros. Cuando vayas solo ponte el uniforme y ya verás, las niñas se vuelven locas.-. Me reí. El sargento sonrió y me preguntó que deporte hacía. Le dije que me habían aceptado en el equipo de tenis. Se asombró y me dijo que él también era jugador de tenis y que le encantaba ver jugar a Guillermo Vela. Me retó a un juego antes de que terminara el periodo. Acepté. Se levantó, me frotó la cabeza y me regaló una pluma para tableta pintada con el escudo del departamento de defensa. Le di las gracias. Antes de salir me dijo que me me esperaba más tarde en el calabozo. Era una noche muy especial para el dormitorio porque se establecían los roles y se armaban los equipos del juego. Muy emocionado, le respondí que lo vería allí.
Entré al calabozo y me senté en una estación. El cuarto era un relajo. Se respiraba la emoción. Había muchos chicos impacientes. Unos prendieron sus consolas pero el sargento McPherson las apagó. Dijo que iba a decir unas palabras antes de empezar el juego. Unos alumnos se quejaron, pero él pidió calma. El sargento esperó a que llegaran todos y después de un rato exigió silencio y tomó lista con su tableta. Dió la bienvenida y dijo que tenía una sorpresa. Los chicos se emocionaron, parecían tener idea de que se trataba. Había salido la nueva versión del juego. Los chicos explotaron en aplausos y chiflidos. Había nuevas armas y misiones. La nueva versión, según él, iba a hacer que nos «cagáramos en nuestros pantalones». Todos aplaudimos. -El problema- dijo- es que a diferencia de los años anteriores, todos empezarán de cero-. Eso quería decir que muchos perderían sus puntos acumulados. Varios alumnos volvieron a quejarse. Uno se calló de su silla fingiendo un desmayo. Él sargento no se inmuto. Dijo que así eran las nuevas reglas. Todos tendrían que pasar por el campo de entrenamiento. Hubo más quejas pero el sargento dijo que era necesario porque había nuevas especialidades. Uno podía ser desde médico de batalla o especialista en operaciones de inteligencia hasta operador de «drone», los vehículos no tripulados que se usaban en misiones de ataque y reconocimiento. A los alumnos nuevos nos dijo que no nos preocupáramos, que aprenderíamos rápido a manejar los controles. El juego siempre era en equipo. Los equipos podían formarse dentro del dormitorio o todo el dormitorio podía ser uno. Los juegos más divertidos, según el sargento, eran los encuentros entre dormitorios. Finalmente, advirtió que el tiempo de juego no se iba iba a extender por ninguna circunstancia. Todos los días el juego duraría exactamente una hora. Prendimos las consolas y nos pusimos nuestras diademas con micrófono. En la pantalla aparecieron las letras. «FAVOR DE LEER EN VOZ ALTA LO SIGUIENTE: LA CIGUEÑA TOCABA EL SAXOFON DETRAS DEL PALENQUE DE PAJA» Leí y el juego me reconoció. Dijo mi nombre y me dió las gracias.
Aparecí en un helicóptero que volaba sobre un desierto. A lo lejos se veían las carpas. Mientras maniobraba, el piloto platicaba sobre las guerras en las que habían estado él, su padre y sus abuelos. -Cada una era más cruda que la otra- decía mientras aterrizaba.-Pero ninguna como esta-. No sabía cual era el botón para avanzar así que probé varios. Caminé por el campamento. Había muchos soldados en diferentes actividades. Unos escuchaban música, otros se preparaban algo de comer y otros hacían pesas. Otros se aventaban una pelota de beisbol. A lo lejos pude ver los campos de tiro, donde varios practicaban. Un soldado se me acercó corriendo. Me saludó y dijo mi nombre. Dijo que el sargento Robinson me esperaba en el campo de entrenamiento. Corrí. Cuando llegué había varios formados frente al sargento. Preguntó si yo era el nuevo. Dije que sí y el respondió: -Vuelves a llegar tarde y le voy a dar de comer tus testículos a las iguanas que tengo junto a mi tienda de campaña.-
El primer día en la escuela fue divertido. Conocimos a los maestros y nos dieron una introducción muy buena a los juegos. Todos se jugaban en la tableta. Me gustó el de la clase de historia, donde uno empezaba siendo un pequeño comerciante en una aldea antigua. La misión era ayudar a la comunidad a crecer . Había que identificar a los mejores vendedores en otras aldeas y negociar el mejor precio. Uno se topaba con personajes que hacían preguntas sobre lugares y personajes. Para contestar las preguntas y resolver los problemas se sacaba información de otras personas y libros. El sargento mcPherson rondaba por toda la escuela llevando donas a los maestros y ayudando a lo que podía, mover mesas, pantallas y ayudar a los alumnos nuevos a llegar a sus clases. En la tarde entrené con el equipo de tenis, y en la noche, después de la hora de estudio, visité a un paisano que tenía un cuarto en mi dormitorio. Su compañero de cuarto era un chico oriental llamado Wu, y mi amigo me había dicho que era un duster. Había varios de mis paisanos en el cuarto y todos platicábamos cuando Wu de pronto nos pidió – de un modo un poco tajante- que nos fuéramos porque ya se quería dormir. No le hicimos mucho caso. Volvió a pedirnos que nos fuéramos, un poco enojado. Le dije que se tranquilizara y se empezó a poner bravo. Yo le contesté y la situación se convirtió en una muy tensa lucha de poder. Caí en cuenta que él era mucho más tenaz que yo. Estaba tan enfurecido que me asusté y reculé. Todos salimos del cuarto. Había quedado mal con mis paisanos, y por eso odié a Wu.
El siguiente día me topé con el oriental. Vino a saludarme. Estaba contento y me pidió perdón por lo que había pasado. Me sorprendí. Parecía otra persona. Me acompaño hasta el salón sin dejar de hablar un segundo. Dejó una impresión muy fuerte en mí, y solo se hizo más grande con el paso de los días. Wu podía estar contento un día, y el otro parecía ser él más infeliz del mundo. No tenía amigos y no hacía mucho deporte. Había pasado poco tiempo y ya tenía problemas con el señor Robert, el jefe de la casa. No apagaba su luz a la hora que debía y se quedaba dormido en las mañanas. Una mañana pasé por su cuarto y me asomé. Las clases estaban a punto de empezar y Wu estaba dormido. Lo desperté y me lo agradeció. Se había perdido el desayuno así que le dí un pan dulce que había guardado. Dijo que yo era un buen tipo. Un fin de semana, cuando la mayoría de los chicos salían -incluido mi compañero de cuarto que tenía familiares en la ciudad- o regresaban a sus casas y el dormitorio se quedaba casi totalmente vacío, entré a su cuarto buscando a mi amigo. No estaba. Sobre el escritorio de Wu había una tableta vieja que me dió curiosidad. Me acerqué y la tomé. Una interface de comandos estaba abierta. Trataba de descifrar los comandos cuando entró Wu. Gritó enojado, me arrebató la tableta, la metió en un cajón y le puso llave. Estaba iracundo. Preguntó qué hacia en su cuarto. Le pedí perdón y le dije que estaba buscando a mi amigo. Me dijo que no estaba, que se había ido al pueblo y que yo no respetaba a los demás. -Lárgate-gritó-. Salí del cuarto, y no me alejé mucho cuando Wu se asomó, me llamó, pidió perdón por su actitud y me invito a entrar. Dijo que quería enseñarme algo. Acepté. Entré al cuarto y Wu, muy misterioso, se aseguró de que no hubiera nadie cerca de su cuarto y cerró con llave. Abrió el cajón y sacó la tableta. Me obligó a jurar que no diría nada a nadie sobre lo que iba a enseñarme. Juré. Si alguien se enteraba lo correrían de la escuela. Dió unos comandos a la tableta. Nunca había visto a alguien manejar una interface de comandos tan bien. Después de un rato de ejecutar instrucciones apareció la imagen de un barco pirata en una bahía y las palabras DESCARGA EXISTOSA. DISFRUTA, REDISTRIBUYE, COMPARTE. Wu sonrió. -Acabo de esquivar los filtros de la escuela- dijo. Asumí que estaba o bajando pornografía, o apostando, o bajando películas no protegidas. Sentí una descarga de adrenalina. Wu tenía una sonrisa altiva en el rostro. Le dije que estaba loco, que se metería en problemas. Según él era muy difícil rastrearlo porque su tableta apenas dejaba huella. Me explicó que unas personas habían logrado hackear el sistema. Con la ayuda de programas desarrollados por esas personas, él podía esquivar las limitaciones del fabricante y aprovechar hoyos en la seguridad de las redes. Yo estaba anonadado. Wu podía, por ejemplo, detener actualizaciones, instalar programas no autorizados como reproductores de archivos no protegidos y correr procesos que falsificaban su dirección o le avisaban cuando otro programa quería conectarse a lugares indeseados, deteniendo así información que pudiera meterlo en problemas. Pero lo más importante era que podía hacer un formateo profundo de su tableta. Así era como burlaba las inspecciones en los aeropuertos. En las nuevas tabletas, como la escolar, un formateo completo no era posible. Si uno intentaba, por decir, abrir un archivo de video no protegido, el sistema lo guardaba en un módulo encriptado donde era imposible borrarlo. Si eso sucedía, se volvía imposible librar los escaneos en las escuelas o los aeropuertos. Wu platicaba del proceso de formateo cuando de pronto desvió su vista a la pared y quedó callado, como si una idea la llegara a la cabeza. Esperé un rato a que retomara la plática, pero no lo hizo. Estaba absorto rascándose el hombro. Le hablé y no me hizo caso así que le jalé el brazo. Reaccionó. -¡Wu!- le dije-. Te fuiste-. Perdón, ¿de qué hablábamos? -preguntó- -De la tableta- dije-. – ¡Ah, si!- exclamó, y me preguntó si quería ver la película. Yo estaba muy nervioso. Pensé en rehusar la invitación e irme -podían correrme a mi también-, pero me quedé. Vimos la película en su tableta. Era un documental, viejo, blanco y negro. Retrataba el tratamiento de los pacientes en un hospital para criminales dementes. Los pacientes, unos catatónicos y otros esquizofrénicos, estaban metidos en celdas sucias y diminutas. Los empleados del lugar los tenían encuerados y los molestaban constantemente. Se mofaban de ellos y los hostigaban. Un paciente que no quería comer fue llevado a un cuarto donde lo acostaron y le metieron un tubo por la boca para alimenarlo a la fuerza. La escena me dejó en shock, ya que el hombre no puso la más mínima resistencia. Había perdido toda voluntad. Otro hombre, a todas luces cuerdo, aparecía constantemente tratando de convencer a los doctores y empleados que no estaba loco, que debía irse porque en esa institución solo se estaba empeorando. Los especialistas le decían que se iría cuando estuviera mejor. -¡¿Pero cómo puedo mejorarme cuando estoy empeorándome?! ¡Intento decirles que cada día me pongo peor, por las circunstancias, por la situacion! ¡El tratamiento no me está ayudando, ni el lugar, ni los pacientes! Sólo quiero regresar a la prisión donde debo estar!- decía-. Uno de los doctores lo escuchaba, tranquilo, fumando un cigarrillo. El paciente continuó. -Supuestamente iba a venir aquí para observación. -¿Qué observación hicieron?¿Me llaman algunas veces, me dices “toma esta medicina,” medicina para la mente? Debo tomar medicina si tengo una herida corporal, mi mente está perfecta. Obviamente tienen sentido mis palabras, sé de que hablo y sí, me podrías culpar de estar agitado, y tengo todo derecho de estarlo. He pasado un año y medio aquí!-El hombre siguió hablando del daño que le hacían las medicinas y el estar en ese lugar. Cuando terminó, el doctor esbozó una sonrisa, prendió otro cigarrillo, le dió las gracias y echó una mirada al par de hombres robustos parados junto a él. El paciente quiso quejarse pero los escoltas lo levantaron y le quitaron la silla. Se encogió de hombros y se tragó el enojo. Salió del cuarto pero el ambiente se quedó tenso. El doctor que fumaba -al parecer el más influyente- rompió el silencio. -Siempre está hablando de su rehabilitación, pero, en realidad, está aterrorizado por salir.- dijo confiado. Otro doctor siguió. -Sí, y cuanto más alto grita sobre regresar ahí, más asustado indica que está.- ¡Síndrome de Ganzer! -dijo otro-. -No creo-respondió el primero. -Creo que lo que tenemos que hacer con él es ponerle una dosis más alta de tranquilizantes y ver si así le podemos quitar la paranoia y tener un poco más de control y a ver si así le tenemos tomando la medicación otra vez.- Buscó su grabadora y grabo: Diagnóstico: reacción esquizofrénica, tipo crónico indiferenciado con prominentes rasgos paranoides.-
Wu y yo nos volvimos cómplices, y con el tiempo amigos. Tenía muchas ganas de que llegara fin de semana para ver películas con él, aunque algunas me dejaran inquieto el resto de la semana. Una vez veíamos un documental cuando tocaron la puerta del cuarto. Brinqué del susto. Wu metió la tableta a su cajón y yo me paré cerca de la puerta. Pregunté quien era. – La doctora Marie- contestaron con una voz seca.- Eché un ojo a Wu -que yacía en la cama fingiendo leer su tableta- y abrí. Mi corazón estaba acelerado. La señora -que traía un vaso con agua- me saludó, entró al cuarto y se paró frente al escritorio. Yo no tenía idea de lo que estaba pasando. Puso el vaso sobre el escritorio y sacó un botecito. Lo abrió y puso un par de pastillas en la palma de su mano. Se las quiso dar a Wu . En vez de tomarlas, Wu preguntó sobre la dósis. -No voy a discutir contigo esta vez- dijo la doctora- con paciencia.- Tómatelas por favor, quiero ver.- dijo, y le acercó el vaso. Wu tomó las pastillas. – ¿Le han dicho que es hermosa?- preguntó Wu con una sonrisa. Estaba siendo sarcástico. No era muy bonita. La doctora no se alteró. Sonrió y le pidió a Wu que abriera la boca para comprobar que había tragado las pastillas. Cuando se fue, Wu se acostó enojado y le dió un patada a la orilla de la cama. Le hablé pero me pidió de favor que me fuera porque quería estar solo. Aunque no entendía su postura, respeté sus deseos y salí del cuarto.
La emoción era palpable un par de semanas antes del torneo de apertura. El canal de televisión de la escuela no dejaba de presentar a los equipos y los alumnos empezaban a comprar atuendos y pintura roja -el color representativo de la escuela- para pintarse el cuerpo. Pero el vigor de los ánimos se sintió en el rally de preparación. Un día antes de cada torneo, el evento congregaba a todos para elevar el espíritu escolar. La gente se juntaba en las canchas para ver juegos, cantar porras y comer banderillas mientras los miembros del equipo se lucían con jugadas extravagantes. La banda recorría la escuela tocando, y los alumnos se pintaban y cantaban las porras por toda la escuela. Todos estábamos emocionados, pero el climax fue la «horca». La horca era el evento donde los alumnos nos juntábamos en uno de los auditorios para ahorcar un maniquí vestido con el jersey de Greenwoods. Estábamos todos aglutinados, cantando porrras cuando de pronto se apagaron las luces. Nos callamos. Tambores empezaron a sonar, y unas antorchas se prendieron cerca de una de las salidas. Los alumnos que las llevaban se abrieron paso entre la gente. Llevaban batas negras con capuchas que les tapaban el rostro. Subieron a la tarima y se pararon frente a nosotros. Uno de ellos alzó al maniquí. Explotamos en vituperios. Los maestros nos veían encantados, sonriendo y aplaudiendo con un placentero desprendimiento. Un líder de ceremonia tomó al maniquí, subió a la horca de madera y le amarró el cuello a la cuerda. Debajo había una tabla que lo sostenía. El verdugo hizo un gesto y soltó un grito que parecía de guerra. Desató la euforía. Brincaba y todos lo seguimos repitiendo el grito. Los tambores tocaron hasta que cayó el maniquí y todos gritamos con todas nuestras fuerzas. Cuando terminó el ahorcamiento, las porristas de la escuela salieron subieron a la tarima a cantar las porras. Aplaudimos y chiflamos.
La escuela iba bien, igual que el tenis. En los torneos había destacado y el entrenador quería meterme a jugar con los mejores. Había hecho muchos amigos también. Seguía viendo películas con Wu, y cuando podía lo ayudaba. Lo despertaba en las mañanas y trataba de apoyarlo en sus tareas. Era difícil, disperso. Apenas pasaba las materias. No iba a los eventos, y rara vez se aparecía en el calabozo para jugar. El señor Robert lo regañaba seguido y para los alumnos era casi invisible. Si de milagro su nombre era mencionado, era antes de la palabra duster. Un día él y yo vimos un documental de la guerra, y el día siguiente en clase surgió el tema. El maestro elogiaba a los soldados de su país. Hablaba de su valentía e integridad, valores que yo puse en duda con un comentario sobre un video que se había filtrado a una organización de derechos humanos. El video, que figuraba en el documental, mostraba el tiroteo indiscriminado -desde un helicóptero- a un grupo de civiles y reporteros. El maestro me hechó una mirada seria, y mis compañeros se sorprendieron. Sentí todas las miradas encima y me puse nervioso. – En todas habrá víctimas- me dijo después de una pausa-. Y no es algo bonito. Así es la guerra. Pero es por el bien de todos-. Sin dejar de mirarme pidió que prendiéramos nuestras tabletas. Quería ver cómo íbamos en el juego. Me arrepentí de haber hablado.
Un fin de semana, regresando de un hiking con los cadetes, mis amigos paisanos y yo fuimos a dar una vuelta al centro comercial del pueblo. Fuimos vestidos de cadetes porque nos habían dicho que les gustaba a las niñas. Échamos un ojo a las tiendas, comimos en el área de comida rápida y seguimos curioseando. Todos nuestros intentos de acercarnos a las niñas fracasaron por cobardes. Solo yo tuve suerte ese día. Caminábamos, aburridos, cuando me percaté que una niña me estaba viendo y reía con sus amigas. Pensé que se reían de mi uniforme, pero luego me di cuenta que me estaba siguiendo. Estuvimos ojeándonos un rato. Sus amigas la empujaban, como si la animaran a acercarse. Me hizo un saludo con la mano. Se lo devolví y se acercó. Preguntó mi nombre, de donde era y luego extendió su mano. Nicole. Estaba conmocionada, y las risas de sus amigas la distraian, pero no dejaba de hablar. Conocía bien la escuela e iba de vez en cuando a los torneos. Era simpática, irreverente. N0 me dejó hablar. Desvarió por diez minutos, sonrió, se despidió y salió del centro comercial. De regreso a la escuela, mis amigos me hablaban, pero yo estaba en otro planeta. No podía dejar de pensar en Nicole. Un amigo me dijo que debí haber pedido su teléfono. Se me hizo un nudo en la panza. Me sentí como un idiota.
Era fin de semana y todos se habían ido a sus casas. La escuela estaba vacía y yo estaba agotado. Habíamos jugado otro torneo, y mi dormitorio estaba lleno de vestigios de la exaltación. Banderas escolares colgaban de los baños, y pintura de cuerpo estaba embarrada por todas las paredes. Después de los torneos uno quedaba exhausto y sin voz de tanto gritoneo. No te recuperabas de uno cuando ya empezaban los tambores a sonar para el próximo. El ambiente empezaba a cocinarse con una porra en pleno horario de clases, y luego grupos de chicos pintados hasta las uñas pasaban gritando y golpeando los tambores en los pasillos de los dormitorios. Para el rally de preparación, solo se hablaba del próximo torneo, y los músculos y las cuerdas vocales ya se habían curtido. Era de noche, y después de una siesta fui al cuarto de Wu. Habíamos quedado en ver una película. No lo encontré, así que regresé a mi cuarto tratando de imaginar donde podría estar. Cuando le preguntaba, siempre decía que había ido a caminar al pueblo, pero nunca lo veía cuando salía. Escuché risas en los pasillos y salí a ver. Nicole y una amiga hacían un escándalo en la sala de nuestro dormitorio. Se reían como locas. Me vió y se quedó congelada. Su amiga le jaló el brazo para que reaccionara. Me saludó. Volteé a ver si había alguien. Estaba estrictamente prohibido meter a una niña al dormitorio. Ella me vió inquieto y me dijo: – No te precupes, no hay nadie, ya chequé-. También estaba nerviosa. Su amiga nos echó una mirada a los dos, esbozó una sonrisa traviesa y dijo -Ok, me voy-, y salió corriendo. Nicole se acercó y me dió un beso en la mejilla. -¿Podemos entrar a tu cuarto?-preguntó y me tomó de la mano.
El dia siguiente todo se me escurría. Iba de un lugar a otro sonriendo, liviano, sin noción del tiempo. Estaba contento. Nicole se fue en la madrugada, pero yo seguía embobado. Toda la semana tuve llamadas de atención por estar abstraído. No me importaba. Solo quería verla. Y mi deseo se cumplió. Se quedó a dormir el próximo fin de semana. Y el próximo. Y el próximo. LLegaba casi todos los fines de semana, y entre semana nos mensajeábamos con nuestras tabletas. Dejé de salir con mis amigos para estar con ella, y hasta Wu llegó a sentirse conmigo porque ya no nos veíamos. Por eso le conté un día sobre ella. Le dije que era secreto. La voz podía correrse rápido yo meterme en problemas. Me dijo -eres un bastardo suertudo -, juró que no diría nada, y preguntó si ella tenía una amiga para él. Prometí que averiguaría.
Nicole tenía más experiencia que yo, pero nunca me sentí torpe. No me dió verguenza decirle que era la primera niña con la que me había acostado. Le tenía confianza, y ella a mi. Platicaba sin parar, como si yo hubiera abierto una llave que no podía detenerse. Pero un día llegó diferente. Entró a mi cuarto llorando, y me abrazó. Le pregunté que pasaba. No habló. Me jaló a la cama para que me acostara a su lado. Me pidió que la abrazara. Así estuvimos un rato, con las luces apagadas, y cuando los sollozos se extinguieron habló. Habló sin reparos, clara y directa, pero yo sentía que cada palabra que le salía le provocaba un dolor enorme. Pero no paró hasta que expulsó todo. Los abusos, el aborto y las drogas años después, los engaños y las traiciones, los golpes y las muertes. Todo. Cuando terminó, le di un beso largo y efusivo. No dije nada, solo la abracé. Ella me respondió con un beso. Sacó algo de su bolsa. Era un botecito de pastillas. -Ahorita es la hora de mi pastilla- dijo-. ¿pero sabes qué? Desde que estoy contigo ya no necesito esta mierda-. Aventó el bote de pastillas, se volteó y me dió un beso.
Me estaba dirigiendo a la mesa de mis paisanos en el comedor cuando Wu se me acercó y me pidió, en voz baja, que me sentara con él. Me sorprendí. No era usual verlo en el comedor. Nos sentamos en una mesa vacía y Wu volteo a ver si había alguien cerca.-¿Qué paso?- pregunté.- ¿Por qué tanto misterio?-. -Me quiero ir de pinta, ¿vienes?- respondió. -¿Cuando?- -Mañana.- ¿A donde?- Dijo que iríamos sin rumbo fijo. Le dije que estaba loco. Sonrió y preguntó en tono de burla ¿miedo? Yo no tenía miedo. Había roto las reglas con las descargas piratas y las visitas de Nicole, y me sentía tan bien que pensaba que nada podía salir mal. Esbozé una sonrisa arrogante. Nos reímos. Preguntó si seguía viéndola. Dije que si. -Eres un bastardo suertudo- repitió.-
El día siguiente, como habíamos acordado, los dos fuimos con la doctora de la escuela, a distintas horas. Wu fingió un dolor de estómago y yo un tirón de músculo. Nos mandaron a nuestros cuartos. Esperé la visita de la doctora, que siempre -Wu la tenía bien checada- se hacia a medio día. Fingimos dolor, pero no tanto porque podía regresar. Cuando se fue, mandé un mensaje a Wu con mi tableta. A él ya lo habían visitado así que tomé mi mochila y salí por la puerta trasera del dormitorio. Caminé – no debía correr- hacia las casas de los maestros, y, como me dijo, esperé a que pasara el camión que llevaba los víveres a la cocina. Cuando se fue, me dirijí a nuestro punto de encuentro, la pared de árboles enormes que delimitaba la escuela. Wu ya estaba ahi. Nos saludamos y nos adentramos en el bosque.
El bosque era extenso, y después de unas horas de caminar empecé a sentir los golpes de adrenalina. Nos habíamos alejado mucho. Habíamos tomado varios caminos y teníamos que regresar antes de la segunda visita de la doctora en la noche. Pero Wu se veía tranquilo, y platicaba como si estuviera acostumbrado a tales peripecias. Me relajé, y empecé a disfrutar el paseo. Un rato después, nos topamos con un hueco en el bosque. Los árboles habían sido talados y en su lugar había un terreno cubierto de pasto podado a la perfección. Era un campo de golf. No había nadie jugando, así que cruzamos un par de hoyos. No nos dimos cuenta que detrás de nosotros venía una anciana manejando su carrito de golf. Nos gritó. Yo quería correr pero ya la teníamos a lado. -¡Hola!- . Se detuvo a nuestro lado y preguntó muy efusiva con una sonrisa en la boca: – ¿Eres el hijo de Julia, cierto?-. La anciana tenía una gorra con un bordado de un ganso jugando golf, y las capuchas de sus bastones eran de cabezas de animalitos sonrientes. No supe que decir. -¡Si lo es!- dijo Wu-. Lo volteé a ver. Me hizo un guiño. La señora estaba emocionada. – ¡No puedo creerlo. Por fin te conozco! Van a venir a comer conmigo jovencitos, ahora mismo-. Estábamos reticentes pero no nos dejó decir que no. Nos jaló y nos sentó en su carrito. ¡Jeremy!- gritó antes de acelerar-. De los arbustos salió un señor con uniforme. Era su caddy, y cargaba su toalla para limpiar los bastones. Jeremy corrió detrás de nosotros, lo más rápido que pudo.
La casa club era grande y lujosa. Tenía un par de albercas, gimnasio, y vestidores de donde salía la gente engalanada. Casi todos eran viejos, y se saludaban con mucha emoción. La señora, Amy, nos presentó con todos. Yo tenía miedo de que nos descubrieran, pero Amy hacia casi todo el trabajo por nosotros con lo mucho que hablaba. Así disminuía el riesgo de ventilar mi deje extranjero. Gracias a ella, me enteré que Julia, nuestra supuesta madre, estaba vacacionando en las Bahamas, y que yo me llamaba Wes, y era conocido por mis largos golpes en los tees de salida. Wu, renombrado Kim por mi, era mi amigo extranjero que estaba de visita por un tiempo. Él la estaba pasando bien. Trataba de esconder la risa que le daba verme fingir ser otra persona. Amy nos invitó la comida. Dijo que pidiéramos todo lo que quisiéramos. Los meseros no pararon de traernos platillos. Sopa, carne, refrescos y muchos postres. Cuando terminamos, Amy nos dejó su correo electrónico para que le escribiéramos.
Salimos de la casa club sintiéndonos estafadores de película. Era un buen día. Tomamos rumbo a la escuela, platicando y riendo. Después de un rato sentí que nos habíamos desviado mucho. Wu tampoco estaba seguro del camino. Seguimos caminando. Volvimos a toparnos con una apertura en el bosque. Había movimiento, así que nos acercamos en silencio y nos escondimos detrás de unos troncos caídos. En un campo enorme, cientos de soldados bien equipados y armados estaban formados en escuadras, y junto a ellos, decenas de drones descansaban en el piso. Sus operadores revoloteaban alrededor de ellos, picando botones que tenían debajo de las alas. Poco a poco empezaron a subirse a los aviones que estaban estacionados en las orillas del campo. Todo lo hacían con gran rapidez y precisión. Cuando los últimos solados se subieron, las compuertas se cerraron y los aviones se elevaron. Poco después, como los cachorros que corren detrás de sus madres, salieron los drones. Los vimos desaparecer entre las nubes.
Inmediatamente después de ese incidente, la actitud de Wu cambió. Estaba nervioso y temblaba. Fue extraño. Hablaba consigo mismo en voz baja y caminaba sin rumbo. Tuve que jalarlo para que me siguiera. Le pregunté si estaba bien. Levantó la cabeza y me vió un rato, en silencio. -¡Wu!- dije-. Tenemos que regresar a la escuela. No tenemos mucho tiempo-. Él asintió, pero seguía un poco ido. Tomé la batuta y confié en mi intuición para llevarme en la dirección correcta.
Oscurecía y empezaba el frio. No sabíamos donde estábamos. Estaba a punto de perder los estribos cuando escuché ladridos de perros. Los seguimos hasta que llegamos a un campamento. Podía pedir drecciones ahí. Casas de campaña se habían levantado, y mucha gente se congregaba alrededor de una fogata. Al acercarnos, me di cuenta que las cubiertas de los refugios eran de plástico económico, y la ropa de la gente estaba remendada y descosida. Me detuve antes de que me vieran, pero Wu siguió caminando. -¡Wu!- susurré. Wu volteó a verme. Era otra persona. Había salido de su trance. -No te preocupes- me dijo. – Solo es gente sin hogar. Vamos a preguntarles-. Me quedé anonadado. La gente de la fogata se percató de nosotros. Unos no se inmutaron. Otros nos saludaron un poco sorprendidos y siguieron mirando el fuego en silencio. Yo me sentía incómodo, pero Wu saludó a todos sin pena y preguntó el camino hacia el pueblo contiguo a la escuela. Un hombre que no paraba de toser nos dijo por donde debíamos ir, y luego dijo que nos veíamos cansados, que debíamos descansar. Nos ofreció un asiento y un par de tazas de avena que se cocía en una pequeña olla. Wu aceptó. Yo lo seguí. Me di cuenta que el campamento era mucho más grande de lo que pensaba. Una decena de refugios se asomaban entre los árboles, y hombres, parejas, y niños, se preparaban para pasar la noche. Unas gallinas pasaron corriendo detrás de nosotros. -Las gallinas son una bendición- dijo-. Se comen a las arañas y a las garrapatas-.
Entramos corriendo al dormitorio. Los alumnos se preparaban para dormir. -Adiós Wu- le dije-. -Nos vemos- contestó-. Fue una despedida rara y seca. Ambos habíamos imaginado un día distinto. Entré a mi cuarto, me quité la ropa y me acosté en mi cama. Segundos después, la enfermera tocó la puerta y se me acercó. Preguntó como me sentía. -Más o menos- le dije-.
Era fin de semana, y Nicole me había dicho que no podía visitarme. Así que quedé con Wu de que haríamos algo. Fui a buscarlo en el día, pero no lo encontré, así que pasé el día leyendo y adelantando en mis tareas. Pero Wu llegó a mi cuarto en la noche. Entró rápido, y cerró la puerta con llave. -Traje algo- me djo-. Sacó de su bolsillo un bolsa de plástico y la echó en mi cama. La tomé. Tenía unas pastillas de colores. Eran “dulces”. Así las llamaban algunos alumnos. Si eras sorprendido con drogas en, o fuera de la escuela eras expulsado. En el tiempo que llevaba yo allí, la escuela había expulsado a un par de alumnos. Wu vió mi cara de asustado y dijo: -No te preocupes. No tienes que hacerlo si no quieres-. Tenía curiosidad. No las había probado, pero muchos decían que eran increíbles. Le pregunté a Wu si no era mucho riesgo hacerlo en la escuela. —¿A cuántas personas has visto hoy?- dijo-. Tenía razón, la escuela estaba vacía. Pregunté donde lo haríamos. -En mi cuarto- dijo-. Tengo todo preparado-.
Wu había puesto su mezcladora de música encima de su escritorio. Junto a esta había varias botellas de agua. -Da mucha sed- dijo-. Abrió una botella y me pasó un dulce. -Salud- dijo con una sonrisa-. Tragué la pastilla, y luego Wu. Pregunté en cuanto tiempo sentiría algo. -Relájate- dijo-. Lo sentirás. ¿Qué música te gusta?-. Dije que me gustaba de todo. Wu, con gran habilidad. empezó a usar la mezcladora. Me gustó, aunque no estaba seguro que era. Era alegre, y movida. Pregunté que era. -Es mi mix- dijo-. Dos por ciento jazz, noventa y ocho por ciento sustancia funky. Pero la vieja, la que ya no hacen.- Empezó a bailar. -Tiene muchos nombres. Soul, boogie, groove. Es la música de la vida hermano- decía mientras giraba-. Es música feliz. La que escuchas y empiezas a moverte automáticamente. Y sonries mucho también.-. Sonrió y siguió bailando. -Sacudes tu cabeza, o tus hombros, o tu cuello. !Hasta tu omóplato!-. Hizo un movimiento extraño. Me reí. Me había contagiado su emoción. Empecé a bailar yo también. -Eso es hermano- dijo-. Pero párate, enséñame que tienes!. Me paré y seguí bailando. Estábamos haciendo pasos ridículos, riéndonos. Después de un par de canciones, una ola de calor me sobrecogió. La música me sonó como nunca antes. Cada trompetazo y vocal me provocaba una sensación deliciosa. El cuarto había cambiado también. Todo a mi alrededor se veía mejor, más nítido, más saturado de color. Y se me quitó el miedo. Vi a Wu. Sentí que por primera vez veía a Wu como realmente era. Sentí que entendía sus problemas, que sabía porque tomaba medicinas. Wu era mi amigo. Un gran amigo. Pensar en la amistad me hizo sentir aún mejor. Seguí bailando. Volteé a ver a Wu. Sonrió. Estaba igual de contento que yo. Me dieron ganas de escuchar de nuevo un track que Wu había puesto al principio. Me acerqué a Wu para decirle que la pusiera. Antes de pronunciar la primera palabra, la canción ya sonaba en las bocinas. Me volteó a ver. Nos reímos, nos abrazamos, y seguimos bailando. Nos fuimos a dormir tarde. Nunca me había reído tanto. Esa noche tuve uno de los sueños más increíbles que he tenido en mi vida. Toda mi familia estaba conmigo. Mis padres, mi hermana, mis abuelos, tios, y primos de todas las edades. Estábamos en el jardín de mi casa. Habíamos formado un círculo y bailábamos al ritmo de una música que venía de sonidos que todos hacían con su cuerpo. Unos cantaban y otros aplaudían. Hasta los pequeños participaban en lo que parecía una fiesta de tribu africana. La música me conmovía. Todos estábamos en completa sintonía. Me sentí bien.
Nuestro jefe de tropa organizó un viaje de cadetes a una base militar. Fueron dos días intensos. El instructor de la base nos dijo que no se tentaría el corazón con nosotros. Nos trataría igual que a los verdaderos reclutas. Fue difícil. Empezábamos muy temprano y terminábamos tarde, cansados de haber recorrido el campo de obstáculos varias veces. La última noche, acostado en mi cama del albergue, escuchaba la conversación de dos de mis compañeros de tropa. Uno presumía que hace mucho tiempo se había acostado con una chica del pueblo. Dijo que la chica estaba loca, y que luego se enteró que se había acostado con casi todos sus compañeros. -¿Como se llamaba?- dijo el otro-.Quizá me daré una vuelta a recoger una de esas perritas de pueblo.- Se rieron. -No me acuerdo bien- dijo el primero-. Nicole o algo así.-
Perdí las ganas de hacer todo. Si asistía a entrenar, o a los eventos, o las clases, era por inercia. Dejé de ver a mis amigos, a Wu, y a Nicole. Sabía que ella vendría a buscarme, así que los fines de semana hacia mi maleta y me instalaba en la sala de otro dormitorio, donde pasaba casi todo el día acostado en el sillón. Cuando empezaban a regresar los alumnos a la escuela regresaba a mi cuarto tomando precauciones de que nadie me viera. Entre semana mis amigos me preguntaban donde había estado el fin de semana. Decía que me había ido a la ciudad, o al centro comercial, o a casa de un conocido. Nicole inundaba mis cuentas de internet con mensajes. No los leía. Los borraba. También echaba cartas por debajo de mi puerta. Las echaba a la basura.
Pasó mucho tiempo antes de que me animara a salir de la escuela con mis amigos. Para entonces suponía que ya Nicole había entendido que no quería verla. Era Sábado, y estaba nevando. Fui al centro comercial del pueblo con varios de mis paisanos. Estuve atento de no toparme con Nicole. Después de un rato de caminar frente a las tiendes me tranquilicé. Ella no estaba allí. Pero encontré a una de sus amigas en una tienda mientras veía algo de ropa. Estaba con otra niña. No me vió, me escondí entre los percheros. Me acerqué para escuchar su conversación, que a ratos se volcaba hacia Nicole. Mi corazón latía con fuerza. – Nunca la había visto tan mal- le dijo a la otra, refiriéndose a Nicole. -Estaba contenta. Solo hablaba del chico ese que conoció. No sé que pasó. La botó o algo. Ahora no sale de su casa. Pobre. Escuché que esta muy mal. Ya la conoces. ¿Qué te parece esta camiseta?-
Sentí que se me hacía un gran hueco en el estómago. Era un imbécil. Lo había hecho todo mal. Me arrepentí de no llevar mi tableta para mandarle un mensaje en ese momento. Las chicas salieron de la tienda. Las detuve en el pasillo del centro comercial. Estaba tan conmocionado que hasta las asusté. Les pedí perdón. Le dije a la amiga de Nicole como me llamaba. Ella peló los ojos. No sabía que decir. – Estoy buscando a Nicole – le dije – Es realmente urgente -. -O, ya veo- respondió-. -¿Sábes donde vive?- pregunté-. Me explicó. Reconocería la casa porque tenía un buzón con un pájaro. Me dió un papel con su nombre y teléfono por si me perdía. Le di las gracias y salí del centro comercial. Crucé el pueblo corriendo. Llegué a la calle y encontré el buzón. El pájaro estaba cubierto de nieve. Sentada en las escaleras de la casa -que resaltaba por descuidada- estaba Nicole. Vestía una chamarra gruesa y una bufanda. Tenía copos de nieve en la cabeza. Se veía contenta, tranquila. Sonreía. Jadeando, crucé la pequeña cerca y caminé por el jardín esquivando botellas de cerveza. Me vió, pero no se inmutó. Tuve un sentimiento extraño. Se me quedó viendo, todavía sonriendo. – Hola- me dijo. – Siento que te he visto en algun lado-. Pensé que jugaba conmigo, que actuaba, hasta que la vi voltear al cielo y olvidarse por completo de mi presencia. Estaba totalmente ida, igual que Wu cuando lo visitaba la enfermera. Quise hablarle, pero cuando me acerqué se abrió la puerta. La señora salió con un cigarro en una mano y una botella en la otra. Estaba enojada. Preguntó quien era yo. No me dió oportunidad de contestar. -¡Ey- gritó. – ¿Quién eres tu? ¡No puedes entrar a la casa de alguien así nada más imbécil!- Estaba ebria. Nicole empezó a mecerse. La señora la vió. -¡Mira lo que has hecho. La has puesto nerviosa otra vez. ¿Sabes lo que cuestan las medicinas?- Me jaló a la calle. Intenté decirle quien era. No me dejó. Dijo que si me veía de nuevo llamaría a la policía. La señora levantó a Nicole y la metió a la casa mientras checaba si alguno de sus vecinos había visto el escándalo.
Regresé a la escuela sintiéndome muy mal. Mandé mensajes a Nicole pero, como había supuesto, no contestó. No pedí nada de cenar a domicilio, como solía hacer los fines de semana. Solo pensaba en ella. No sabía que hacer. Pensé en sacarla de su casa y llevármela. Hasta llegué a pensar en llevármela a la fuerza, y si su madre no me dejaba, la amarraría a una silla. Tenía que verla. Ya acostado, en mi cuarto, me decidí por una opción menos dramática. Hablaría con su madre. Tenía que escucharme. Le llevaría algo. Quizá unas medicinas. Así bajaría la guardia. Había dicho que las medicinas eran caras. Mientras pensaba en eso entró Wu. Estaba alterado. Cerró la puerta. Estaba lleno de nieve. Murmuraba en voz baja. -¿Qué dices?- le pregunté-. -Me están siguiendo- dijo con cara de asustado-. -¡¿Qué?! ¡¿Quién?!- respondí-. Temblaba. Se sentó en una esquina. Luego se paró para cerrar la ventana y se volvió a sentar. -¿Quién te sigue?-. -Guarda silencio- me dijo en voz baja. -Apaga la luz.- Apagué la luz y esperamos. No escuché a nadie. -No hay nadie allá afuera Wu. – Los pasillos estaban vacíos. Todos llegaban en domingo, y tarde. Pero Wu seguía hecho bola en la esquina, asustado, hablando entre dientes. -¿Te tomaste un dulce?- pregunté-. No contestó. Murmuraba. Logré escuchar algo. -Me tienen en la mira- decía- Me quieren someter, dominar mi mente.- No paraba de rascarse la rodilla. – Me quieren en su jaula. En su jaula de hierro-. Me asusté. Wu se paró y se me acercó. -Pero no. No. No me voy a dejar. Ya sé lo que voy a hacer. Va a ser grande, ¿me oyes? ¡Los voy a exponer, tal como Demian!- Le cambió el semblante. Estaba emocionado. – No me voy a dejar. Solo tengo que esperar, y planearlo bien. Ya lo verás. Tu no digas nada, ¿ok?- Anonadado, le dije que sí. Wu se acercó a la puerta, la abrió despacio, se asomó cauteloso y salió.
No pude dormir. No solo tenía a Nicole en la cabeza. También pensaba en Wu, que me tenía preocupado. En la mañana volví a escribirle a Nicole pero no hubo respuesta, así que salí a comprar un pastel para su mamá. Era un día gris, y nevaba. Tomé el camión. Estaba nervioso. No sabía como reaccionaría la señora. Y si ella se ponía difícil, no sabía como reaccionaría yo. Me sentía cansado, y llevaba mucho tiempo sin comer. Bajé del camión cerca de la calle y caminé hasta la casa. No estaba el buzón con el pájaro cubierto de nieve. En su lugar había un letrero que decía EMBARGO y CASA EN VENTA. Entré al jardín. La puerta principal estaba sellada con una gruesa lámina de madera. Sentí el hueco en el estómago. Corrí alrededor de la casa, asomándome por las ventanas. No había nadie. Corrí a casa de los vecinos y toqué la puerta. Temblaba. Sentí un dolor agudo en el hombro. Me faltaba aire. Un señor abrió la puerta. Con dificultad, le pregunté si sabía a donde se habían ido la señora y su hija. – No las conozco- dijo. – Pero me da gusto que ya no viva cerca de mi esa señora. Es la persona más sucia que he visto.- Fui a preguntar a todas las casas de la calle, pero nadie sabía nada. Nadie las conocía. Odié a los vecinos. Corrí en busca de una tienda. Preguntando llegué al supermercado local, donde compré una tarjeta de teléfono. Salí y me metí a una cabina. Acerqué la tarjeta al lector y apareció mi saldo en la pantalla. Saqué el papel con el teléfono de la amiga de Nicole. Le dije a la computadora mi nombre y los números. Poco después, el rostro de la amiga de Nicole apareció en la pantalla. Preguntó si había podido encontrar a Nicole. Le dije que su casa había sido embargada, y que no estaba. Se quedó anonadada. – ¿Sábes donde puede estar?- pregunté. -No. Lo siento. Ella era relativamente nueva en el pueblo, y nunca hablaba de su familia. Solo una vez fui a su casa, y estuve allí dos minutos-. -¿Conoces a alguien que pueda saber?- continué. -No- dijo muy apenada. -No se llevaba bien con muchos. Yo era la única persona que podría considerarse cercana… Lo siento-. No tuve fuerzas para contestar. Colgué.
Regresé a la escuela tratando de contener las lágrimas. Todavía tenía la esperanza de que contestara mis mensajes. Estaba a punto de entrar a mi cuarto cuando vi un barullo afuera de otro. Era un par de alumnos y maestros. Era raro ver a gente tan temprano en domingo en los dormitorios. Me acerqué para ver. Se esforzaban para cargar a una persona inconsciente. Era un alumno grande y fornido. Se sorprendieron cuando me vieron. Uno de los maestros cerró la puerta muy nervioso cuando me vió, pero llegué a ver las pastillas de colores regadas sobre la cama. Eran dulces. -Tuvo un ataque epiléptico- dijo un maestro al verme desconcertado. -Ve a tu cuarto, todo está bien- . Sacaron al alumno inconsciente del dormitorio, se metieron todos a una camioneta y se fueron.
En la semana la pasé mal. Seguía mandando mensajes a Nicole pero no contestaba. Peleaba contra la idea de que nunca contestara, de que estaría enajenada y drogada el resto de su vida. Wu se encerraba en su cuarto, y cuando nos veíamos solo me decía que estaba trabajando en algo secreto. No me decía que era pero me pedía con mucha enjundia que no dijera nada a nadie. Estaba seguro que él había perdido la cabeza. En mi mente también estaba el incidente del alumno inconsciente. Estuvo unos días en el hospital, y todos estaban preocupados por su estado de salud porque era de los jugadores más valiosos del equipo de football. El día que regresó hubo un gran regocijo. Yo estaba muy confundido. Pensaba que quizá las pastillas que había visto sobre la cama no eran dulces. Ese día, en la noche, me visitó el maestro que cargaba al alumno el día del incidente. Dijo que estaba allí para darme las gracias por haber ofrecido mi ayuda el día del ataque epiléptico. Mencionó que estaba al tanto de mis estadísticas en los partidos de tennis. – Tienes talento- dijo -Si sigues jugando bien quizá seas candidato a beca-. Se despidió con un apretón de mano. Me sentí extraño. Esa noche soñé que estaba en la cena de una boda. Wu y yo estábamos sentados en una mesa juntos, rodeados por alumnos de la escuela. Wu vestía un taparrabo, y tenía pintado todo el cuerpo como si fuera miembro de una tribu amazónica. La boda era de Jason Weedon, – el hombre de la estatua a la entrada de la casa principal – . Se casaba con una mujer hermosa. Cenábamos en un jardín muy adornado, y sobre nosotros había una carpa que cubría decenas de mesas repletas de alumnos enfiestados, maestros y militares. Los alumnos de la mesa se mofaban de Wu. Él se mantenía callado. Yo estaba enojado. Entré en una discusión con un alumno sobre la guerra. En un arranque, dije que la guerra era absurda, y que un día, los militares que estaban en esa boda iban a ser juzgados. Todos los de la mesa se enfurecieron. La gente de las mesas contiguas voltearon a vernos. Me dieron ganas de salir de allí. Me levanté. También Wu. Caminamos a la salida del jardín, que daba a la calle. Allí nos topamos con un alumno que vestía el uniforme de la escuela pero al mismo tiempo estaba pintado de la cara tal como Wu. Wu y el empezaron a conversar tranquilamente sobre tabletas. Varios alumnos se levantaron de las mesas y se dirigieron a nosotros. Me asusté. El chico dijo que debíamos correr. Corrimos por la calle, perseguidos por una horda de alumnos y militares. Nos topamos con un par de transportadores estacionados frente a una casa. Wu y yo nos subimos a uno. Traté de arrancarlo pero no funcionó. El chico que venía con nosotros encendió el otro transportador y salió a toda velocidad. Wu y yo, sintiendo que nos iban a agarrar, nos bajamos del transportador y nos metimos al bosque. Sentí que habíamos evadido a la horda. Era de noche, y los árboles apenas dejaban pasar la luz de la luna. Cerca de nosotros había gente reunida alrededor de una fogata. Wu se acercó y yo lo seguí. La gente saludó a Wu. Eran los hombres que no tenían hogar. Nos sentamos junto a ellos. Me dí cuenta que no llevaba mi tableta. La había dejado en la cena. Me dió una ansiedad terrible. Era el único lugar donde tenía el número y el nombre de las cuentas de Nicole. Le dije a Wu que tenía que irme. No me hizo caso, estaba planeando algo con los hombres. Regresé a la cena con mucho cuidado para que nadie me viera. Me salté una barda lejos de las mesas para entrar al jardín. La gente ya estaba parada y bailando así que no fue difícil pasar desapercibido. El novio bailaba con la novia en la pista. Reconocí al novio. Era el chico que se había escapado en el transportador. Llegué a mi mesa, muy nervioso. En la silla estaba mi tableta. La agarré. La tableta empezó a sonar muy fuerte, como alarma de coche. Un alumno que estaba cerca de mi se acercó y grió – ¡Eres un ladrón. Ladrón de Greenwoods!-. Otros me rodearon. Gritaban -¡Ladrón de Greenwoods. Ladrón de Greenwoods. Agárrenlo!-. Empezaron a zarandearme. Me desperté. Kim, mi compañero de cuarto, me estaba sacudiendo el brazo. -Estás teniendo una pesadilla- dijo. -Vamos, ya es hora del desayuno y vas a llegar tarde-. Salió del cuarto. Me acordé de mi sueño. Llevaba un rato acordándome de todos mis sueños. Eso no pasaba antes. Empezó desde que tomé el dulce con Wu. Reconstruí el sueño poco a poco. Caí en cuenta que el novio de la boda, el mismo que escapó en el transportador, era el alumno que vi inconsciente afuera de su cuarto. Mis dudas se disiparon. Eran dulces lo que yo había visto en la cama, y los maestros no lo corrieron porque era bueno para el deporte.
Ese día sentí que me alejaba de los demás. No tenía ganas de hacer nada. No desayuné y apenas comí. Me sentía mal. Las clases me parecieron más sosas que nunca, y mostré tan poco vigor en el entrenamiento que me llamaron la atención. En la noche, mi dormitorio tenía un juego importante en el calabozo. Nadie podía faltar, era una misión sumamente difícil y se necesitaba a todos. No quería ir, pero fui porque no quería una visita del Sgto. McPherson, el máximo y efusivo promotor del juego. No le gustaba que alguien faltara. Si faltabas, te visitaba para saber por qué. A Wu lo visitó varias veces. Se odiaban. Wu decía que el sargento era una rata. Entré al calabozo lleno de indiferencia. Llegué antes que los demás. El sargento ya estaba allí. Platicaba con uno de los alumnos más grandes. Me senté en mi estación y dije la frase -que sabía al derecho y revés- para activar la consola. LA CIGUEÑA TOCABA EL SAXOFON DETRAS DEL PALENQUE DE PAJA. Mientras cargaba el juego, pude escuchar parte de la conversación entre el sargento y el alumno. El chico tenía dudas de que haría cuando se graduara de la escuela. El sargento le habló de su futuro en las fuerzas armadas. Al chico le gustaba volar -era de los cadetes del aire-, pero se mostraba inseguro de lo que decía el sargento. -¿Sábes a cuántos países viajan los pilotos de las fuerzas? – dijo McPherson-. – Y tu, con la habilidad que tienes, en un año estás volando un Xe. Tienes de los mejores scores en el juego. Gente está interesada en ti. Estás asegurado con las fuerzas. Unos años y estás de regreso volando jets corporativos si quieres. ¿ Y sabes que es lo mejor? La carrera de Sistemas Aeromecánicos con nosotros no te va a costar nada. No te vas a endeudar, y vas a aprender de los mejores. No hay mejor universidad que la que yo te ofrezco, y eso te lo dicen los mejores pilotos del mundo-. El chico dijo que lo pensaría. En eso llegaron los otros chicos del dormitorio, y se sentaron en sus estaciones, emocionados. El sargento le dijo que se sentara, que le hablaría a su casa, y le sobó la cabeza afectuosamente. Una vez que todos se sentaron, McPherson pidió silencio. Habló de los puntos que llevaba nuestro dormitorio. Estábamos poco abajo de otro llamado Oldfields. -Si hacen bien esta misión- dijo-tienen oportunidad de cogérse a Oldfields-. Los chicos aplaudieron. El sargento nos deseó suerte y se sentó en su estación especial, donde veía todo lo que sucedía en el juego. Iba de un dormitorio a otro analizando nuestros movimientos. La misión consistía en acompañar a un convoy diplomático ubicado en una zona hostil de una ciudad del medio oriente hasta una base segura. Yo era parte del batallón que iba a pie, y cargando rifles automático.
Aparecí en un hangar. Estábamos en una de nuestras bases. Había mucho movimiento. Pilotos preparaban los helicópteros, y soldados corrían de un lugar a otro. Sentados junto a mi estaba el resto de mi equipo. Un general nos daba instrucciones para la misión. El convoy diplomático llevaba a personas que tenían evidencia sobre los crímenes de guerra de nuestros enemigos. Debíamos proteger al convoy de cualquier enemigo. Todos sabíamos que habría una emboscada. El general se despidió diciendo que si poníamos a salvo a esas personas, evitaríamos miles de muertes. Yo era el único que no expelía emoción. Nos subimos a los helicópteros, que nos dejaron cerca de un edificio. Protegimos el edificio mientras salía el convoy de su estacionamiento. Yo corrí a su lado. No recorrimos mucho cuando nos cayó la primera emboscada. Fue un baño de sangre. Eran tantos los enemigos, que perdimos a un par de compañeros. Tuve que meterme a una casa para evitar que me balacearan. Me quedé en una esquina esperando que entrara un rebelde. No entró nadie. Como no estaba tan interesado el juego, me puse a merodear por la casa. Colgadas en la pared había unas fotos enmarcadas. Parecían fotos familiares. Me dió curisidad. Era raro ver a un civil en el juego. Los pocos que había visto estaban casi siempre agachados detrás de algo. Y nunca niños o ancianos. En las fotos había gente con bastón y niños. Todo, excepto los rostros, se veía con claridad. Me acerqué a otra foto, donde había dos niños parados. Sus caras estaban borrosas. Chequé las demás. Todas tenían la misma peculiaridad. Empecé a sentirme muy mareado. La pantalla se vió borrosa, sentí un golpe en la cabeza y se volvió todo negro. Recuperé el conocimiento. Me dolía la cabeza. El sargento me dijo que no me levantara. Los chicos seguían jugando. -No pasó nada- dijo el sargento a los chicos. – Está bien, ustedes sigan jugando – Fue por una toalla mojada y me la puso en la frente. McPherson preguntó si me había lastimado. – No tanto le dije-. Después de un rato, me pidió que fuera con la enfermera. La enfermera me puso una bolsa llena de hielo en la cabeza, me dió un té y me mandó a dormir.
Esa noche volví a tener un sueño que se me quedó muy grabado. Soñé que estaba en un edificio abandonado en una ciudad del medio oriente. La ciudad estaba desierta, y yo y unos alumnos de la escuela nos asomábamos por las ventanas con nuestros rifles. Estábamos listos para disparar si veíamos a algún rebelde. Vi a uno acercarse. Igual que casi todos los que veíamos en el juego, tenía el rostro cubierto con una careta negra. Le disparé. Lo vi caer. Estaba alebrestado. Bajé las escaleras del edificio y corrí a donde había caído el rebelde. No lo encontré. Un alumno llegó a decirme que le había disparado a uno de los nuestros. -El sargento McPherson viene a verte- dijo. -Estás en muchos problemas-. Estaba tan asustado que me escapé. Me subí a una camioneta vieja. La encendí y me alejé. Llegué a un lugar donde había varias casuchas. Pensé que la camioneta llamaba mucho la atención así que la dejé y caminé nervioso por el camino. Afuera de una casa muy humilde había un par de hombres sentados, mesiéndose en unas sillas. Eran viejos, y se veían muy tranquilos. Yo estaba desconcertado. Mi presencia no les parecía importar. Pero no eran rebeldes, no tenían la careta. Me acerqué a ellos y los saludé. Necesitaba ropa para no llamar la atención. No hablaban mi idioma, así que me comuniqué con señas. Los ancianos eran amigables. Uno de ellos llamó a su esposa, una viejita que me midió con la vista y me trajo una prenda como la que usaban los hombres del pueblo. Se rieron de mi porque no me la sabía abrochar bien. Al sonreír, el rostro de uno de los viejitos se arrugaba mucho. Su piel estaba bien curtida. Yo reí también. Me agradó la gente. De pronto se acercó a nosotros un grupo de gente de piel muy oscura, casi negra. Apenas cubrían sus cuerpos. Un par de mujeres jóvenes y un par de niños. Los niños llevaban pequeñas lanzas y las mujeres tenían el cuerpo cubierto de adornos. Los ancianos saludaron al grupo, que no hablaban ni levantaban la mirada. Tardé en reconocer a una de las jóvenes. Era Nicole. No la podía dejar de ver. Estaba hermosa. Una tez casi negra cubierta de aretes y collares. No me veía. Estaba callada, triste. La señora sacó de su casa una bolsa llena de comida y se la dió a la otra joven. Yo seguía viendo a Nicole. No sabía que decir, y no sentía que era prudente abrir la boca. Pero no pude evitarlo. – Nicole -. No me vió. Insistí. – Nicole -. Sabía que me había escuchado. La abrazé, y le dije que no había podido dejar de pensar en ella. – Lo siento – le dije -. Levantó la cara, esbozó una sonrisa tierna y me acarició el rostro. En ese momento llegó una anciana malencarada. Era de tez oscura también. Llegó gritando en su dialecto, enojada. Su boca no tenía dientes, y le quedaba poco pelo. Nos separo y mientras me gritaba me jaloneaba. Desperté.
Llegaron los días previos al partido más importante del año, donde todos la pasaban afuera en los rallys de preparación. Fueron los rallys más largos que había presenciado, y no me podían importar menos. El equipo de hockey jugaba por el torneo estatal, contra Greenwoods, y la euforia se había desatado. Por todo el pueblo había banners colgados que brindaban apoyo al equipo, y la gente usaba camisetas y gorras de la escuela. El canal de la escuela no paraba de hacer entrevistas y pronósticos, y se permitió a los alumnos asistir a clases con los rostros pintados del color de la escuela. Era el partido más esperado del año, y sería transmitido por internet, lo que significaba una enorme audiencia.
La copa se disputaría en la pista donde entrenaba nuestro equipo. Habíamos visto varios juegos allí. La arena que la albergaba era de buen tamaño, y para evitar conflictos, mi escuela se sentaría de un lado y los de Greenwoods del otro. Fui porque me convencieron mis amigos paisanos, lo único que para entonces valía la pena de ese lugar. Los camiones nos recogieron en la escuela. En el camino no cesaron las porras. Mis amigos cantaban, yo pensaba en Nicole. Pensaba en mi casa. Quería regresar. Llegamos antes que los de Greenwoods. Así se había acordado. La gente se bajó de los camiones y entró a la arena como la horda que arremete contra el enemigo en batalla. Yo caminé sin emoción. En el camino se me acercó Wu. Me sorprendí. No lo había visto en mucho tiempo. Al igual que muchos otros alumnos, Wu usaba uno de esos guantes gigantes que tenían pintado el escudo de la escuela y el dedo índice levantado en señal de “número uno”. -Hola- dijo él. Estaba nervioso, misterioso como siempre. -Siéntate conmigo- dijo. – Sí- dije -¿Todo bien, donde has estado?. Wu no contestó. Siguió caminando, volteó a ver si alguien lo veía, y me dijo: -Hoy es el día-.
Seguí a Wu entre las gradas. Había tanto alboroto que las gradas temblaban, y los gritos y porras eran tan fuertes que las paredes de la pista tiritaban. Wu, sin vacilar, se dirigió a un lugar en las gradas. Nos sentamos. Yo no podía dejar de verlo. Trataba de averiguar que tramaba. Le pregunté. Volteó a ver si alguien nos escuchaba. Nadie, había mucho ruido. Se acercó. Me hablaba casi al oído. – Voy a pedirte que seas muy discreto – dijo. Estaba tan serio y raro que yo empecé a inquietarme. Pero no me sentí mal. En un segundo, Wu me había quitado una prolongada apatía. Mi corazón empezó a latir. ¿Ves el marcador?- El marcador colgaba en el centro de la arena. Era un cubo con bocinas, y cada lado era una gran pantalla. En las pantallas se exhibía el marcador, repeticiones, porras, anuncios y videos entre tiempos. Wu empezó a cantar una porra. – ¡Canta!- me dijo-. -No podemos vernos sospechosos-. Cantamos y gritamos un rato. Wu alzaba su guante gigante en el aire. – En la esquina del marcador hay una pequeña caja con un foquito. ¿La ves?… Sé discreto – dijo Wu y empezó a cantar de nuevo. Me fijé. - Ya la vi – le dije. Wu sonrió. -Es un switch de señales – dijo. – Ahá- refunfuñé. – ¿y eso qué?-. -Yo lo puse allí- dijo con sonrisa orgullosa.
Cuando entraron los de Greenwoods a la arena, algunos alumnos de mi escuela les cantaron una porra que los ridiculizaba. Varios les contestaron con insultos. Llegó mucha gente. Maestros, familiares, gente de los pueblos vecinos. La arena se llenó tanto, que algunas personas tuvieron que amontonarse alrededor de las paredes de la pista. Equipo profesional de video se había instalado para grabar el partido. Yo no paraba de cuestionar a Wu. Me contestaba a retazos. Tenía miedo de que alguien lo escuchara. Se había metido en la noche para conectar el switch. Había subido a la tramoya de la arena y luego bajado la pequeña escalera al marcador. Allí desconectó la señal proveniente de un pequeño palco donde un par de alumnos hábiles en ingeniería controlaban lo que se escuchaba y veía en las pantallas. Volteé a ver el palco. El sargento McPherson estaba allí. A su lado, un par de alumnos moviendo los controles de una consola. Wu siguió explicando. – El cable del módulo ya no llega directamente al marcador- dijo Wu. – Sino al switch -. El switch, que Wu conectó al marcador, podía recibir varias señales, alámbricas o inalámbricas, y uno podía cambiar la señal remotamente con un control. – Y eso no es todo - dijo. – La señal es redirigida al módulo, donde se transmite por internet.- Apenas podía contener su agitación. -Soy un puto genio- dijo mientras me apretaba el brazo. – Mira – Discretamente me enseñó lo que tenía debajo de su guante gigante. Tenía un pequeño control y su tableta vieja. Me platicó que más de una vez tuvo que infringir y entrar a la arena en las noches, por las ventanas de la casilla que albergaba al zamboni, el vehículo que alisa el hielo en los intermedios. Le fue difícil encontrar todas las cosas que necesitaba, y tuvo que viajar los fines de semana para ver a unas personas que le ayudaron. Por eso nunca lo encontraba. La cosa se ponía más interesante. - ¿Pero quién te ayudo, qué vas a poner?- pregunté. No podía pensar más que en una travesura como cambiar el score o poner un video de pornografía en la pantalla. Era absurdo arriesgarse tanto por algo tan tonto. Estaba seguro que Wu había perdido la cabeza por completo. – Ya verás – dijo Wu. – Hoy va a ser un día divertido -. Me hizo un guiño, sonrió, agitó su guante en el aire y empezó a cantar una porra. Sonreí. Estaba loco, pero no cabía duda que era divertido. Me uní a la porra.
El partido dió inicio con más parafernalia de lo normal. Desde el palco, el sargento McPherson presentó a cada jugador con bombo y platillo. El himno del país – que normalmente escuchábamos en las bocinas – fue acompañado por música de la banda de pipas y tambores, y los directores de cada escuela se dieron la mano y se regalaron una prenda. Durante las presentaciones, las pantallas mostraron imágenes de cada jugador junto a datos como su edad y posición, y durante el himno exhibieron una bandera ondulante. Fuegos artificiales rodearon la bandera. Todos aplaudimos.
No puse mucha atención al partido. La pasé imaginando qué pondría Wu en las pantallas, y cuando. En el intermedio entre el primer y segundo tiempo le pregunté si lo haría. Dijo que no. Mientras el zamboni recorría la pista, el marcador mostraba comerciales y videos con música que prendía a los espectadores. Entre el segundo y tercer y último tiempo, Wu tampoco actuó. Íbamos empatados, y el juego se sentía tenso. Hubo muchas faltas. Pensé que nuestras gradas se colapsarían de tanto alboroto. La tensión del juego y la inquietud por el plan Wu hacían del nervio algo difícil de esconder y del tiempo algo que no avanza. Pero minutos – que para mi fueron horas – después, anotamos el gol que nos dió el partido. Y la chicharra sonó, y todos los de mi escuela chiflaron y aplaudieron, y aunque yo gritaba y brincaba, solo pensaba en Wu, en el momento en que sacara la tableta del guante. Un señor le entregó al capitán de nuestro equipo la copa. El capitán dió vueltas a la pista con la copa en las manos. El resto del equipo lo seguía. Dieron varias vueltas, levantándo la gran copa. Se la turnaban. La besaban. Después de un rato de celebrar, unos hombres metieron a la pista unas alfombras y unas mesas. Las mesas tenían medellas y pequéños trofeos. La voz del sargento McPherson llenó la arena. Dió la bienvenida al representante de la liga estatal, el hombre que daría las medallas a los jugadores. Los equipos se formaron detrás de las mesas. Algunos de los jugadores de Greenwoods lloraban. El señor habló a un micrófono que le entregaron. Fue mencionando y entregando medallas a cada jugador. Les dijo que eran jóvenes talentosos, y el estaba orgulloso de ser parte de la liga. Cuando terminó de dar trofeos especiales a los más valiosos de ambos equipos, el sargento mcPherson volvió a hablar - Por favor, acompáñenme a cantar el himno de Greenwoods – La banda de pipas y tambores empezó a tocar. Los de Greenwoods cantaron su himno. Las pantallas mostraron su bandera. Al terminar, cantamos el nuestro, y nuestras banderas ondularon en el mostrador. Cuando terminamos, Wu sacó discrétamente el control del guante. Picó un botón. La pantalla se volvió negra. Luego picó otro en su tableta. Una voz resonante, que no era la del sargento, salió por las bocinas. – Y ahora, tómense unos minutos conmigo para honrar a nuestro país y la gente que nos defiende en el extranjero. Por favor dirigan su atención a las pantallas – Era una voz de presentador profesional. Wu la había sacado de algún lado. Los del módulo de control se quedaron estupefactos. Veían las pantallas y luego los controles. El sargento McPherson, incrédulo, inspeccionaba su micrófono.
Una canción melancólica fluyó por las bocinas, y unas palabras aparecieron en la pantalla. EN MEMORIA DE JASON WEEDON y MICHAEL COWELL, CAIDOS EN EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER. Junto al nombre de cada uno estaba su fecha de nacimiento y muerte. Bajo el nombre de Jason estaba el nombre de la escuela y su año de entrada y graduación. El otro, Michael, yo no lo conocía, pero era de Greenwoods. Sus fotos aparecieron después. Ambos estaban en uniforme militar. La gente aplaudió y chifló. Los del módulo de control no sabían que hacer. Las ímagenes de los soldados se desvanecieron, igual que la música. Una canción de big band, muy alegre, llenó el estadio. Algunos alumnos empezaron a bailar. Muchas fotos de Jason y Michael transcurrieron en las pantallas mientras sonaba la música. Aparecían en la escuela, con maestros, con su tropa de cadetes, con sus equipos deportivos, haciendo su servicio comunitario. De chicos, de jóvenes, y de adultos en las fuerzas armadas. En casi todas las fotos sonreían. La gente no paraba de aplaudir. Estaban tan contentos, que hasta el sargento McPherson y los del módulo dejaron los controles y , desconcertados, se unieron a los aplausos.
La presentación de fotos se disolvió. Una mujer apareció en la pantalla. Estaba sentada en una banca de un jardín. En la esquina de la pantalla apareció su nombre. AMY WEEDON. Platicaba a cámara. – Jason era un buen soldado. Se unió a las fuerzas armadas cuando tenía 18. Quería servir a su país. Era el jefe del entrenamiento físico de su unidad. Todos lo querían. Desde que era pequeño llegaba a algún lugar y provocaba algo en la gente. Tenía ángel. Tenía chispa. Era el favorito de mi mamá. A mi no me importaba. Era mi favorito también.- Entró la imagen de un hombre. Estaba sentado en una mesa. Su nombre apareción en la esquina. SOLDADO DAMIEN JACOBS. Platicaba. – Entré con Michael a la infantería cuando teníamos 19. Estábamos jóvenes. Entramos después del ataque a nuestro barco. Nos agarró el fervor que había en el país. Y nos sentíamos importantes en uniforme. Nos hicimos amigos de inmediato. Éramos el par más rápido en la pista.- Entró Amy otra vez. – Hablábamos seguido. Nos escribíamos. Me decía que no cualquier persona podía hacer lo que hacían allá. Yo notaba como iba perdiendo su chispa. Especialmente después de un tour que hicieron en Ramadi, donde vió a muchos de sus amigos morir. Lo empecé a sentir muy enojado. Me decía cosas que no le decía a nadie más.- Amy tuvo que hacer una pausa, estaba a punto de llorar. Todo cambió en la arena. Desaparecieron las sonrisas de los rostros de la gente. El soldado Damien apareció. – Estábamos en peleas para las que no estábamos entrenados. No había un enemigo claro. Las muertes que veíamos de nuestros amigos casi siempre venían de bombas en las calles. No sabíamos quién los mataba. Y eso es frustrante. Nos enojábamos, y así crece la desconfianza a toda la población. Empiezas a atacar a todo el mundo. Michael fue herido y casi pierde la pierna. Empezó a caer, como en una espiral. Empezó a tomar muchas píldoras.- Amy apareció. – A ratos, cuando hablábamos, no lo reconocía. Es difícil recordar todo lo que decía porque soltaba pedacitos. Las pesadillas, las bombas. Sabías que lo que estaba viviendo era horrible. En uno de los correos que me envió …- Estuvo a punto de llorar otra vez. – …me contó … Soy un asesino Amy, puso.- Lloró. - Lo siento- dijo mientras se limpiaba las lágrimas. La gente de la arena estaba boquiabierta. Se escucharon murmuros. Nuestro director, Mr. Sifton estaba en el módulo. Él y el sargento McPherson se desesperaban con los alumnos que no podían quitar la imagen. Movían botones. No sabían que pasaba. El soldado salió en la pantalla. – Las píldoras, el enojo, la paranoia lo devoraron. Un día recibimos fuego de una granja cercana. Michael echó como veinte granadas y luego entró y encontró a un hombre en el fonde de un establo. Le preguntó quién había disparado y el granjero dijo que no sabía. Michael le disparó a uno de sus perros. Cuando el granjero repitió que no sabía, le disparó a su otro perro. Entonces llegó un teniente y le dijo “Ey, tienes que ir al camión y relajarte” Cuando salió del establo, le disparó a toda la manada de cabras del granjero. Luego se acercó a un par de vacas y les disparó en la cabeza.- La gente quedó boquiabierta. Había silencio. A un jugador de hockey se le cayó el trofeo, y se rompió la base. Un señor de la banca de Greenwoods gritó – ¡ Apáguenlo ! -. Varias personas se salieron de la arena. Otros chiflaron. El sargento McPherson estaba caminando en la tramoya de la arena. Todos voltearon a verlo. Iba con un alumno. Iban a apagar el marcador. La imagen del soldado desvaneció y la música alegre volvió a sonar. Imágenes y videos reales de guerra aparecieron en la pantalla, mezclados con videos del juego de guerra que jugabamos en el calabozo. Bombardeos, soldados marchando, gente cubriéndose de las bombas. En un video, una señora corría llorando con un niño en brazos. Detrás de ella, todo un pueblo estaba en llamas. El niño estaba desnudo y quemado. Piel negra, chamuscada, le colgaba del cuerpo. Soldados le decían que avanzara. La señora no sabía qué hacer. Gente seguía saliéndose de la arena. Los papás les tapaban los ojos a sus hijos pequeños. En el siguiente video, la señora del niño quemado lloraba junto a un hoyo. Era una tumba. Sollozando, la señora se quiso meter. Los soldados la levantaron con cuidado y respeto. Intentó de nuevo. Los soldados no la dejaron. El sargento McPherson bajó al marcador por la escalera. El alumno también. El Sargento empezó a picar desesperado todos los botones. El marcador se apagó. Volteé a ver a Wu. Estaba sonriendo. – Eres un puto genio – le dije.
En la escuela corrió el rumor que había sido un grupo de jóvenes del pueblo que odiaba a la escuela. Existía resentimiento de algunos chicos del pueblo hacia la escuela. Todos lo sabíamos. En una ocasión, fui al centro comercial con mis amigos paisanos. Al vernos pasar, uno de ellos dijo “Miren, allí van los juniors”. Eran conocidos porque según los maestros, ellos eran los que se encargaban de la distribución de droga en la zona. Pocos días después del juego, hubo un misterioso incendio en una de las oficinas de la casa principal. Estábamos en clase, pero todos salimos cuando escuchamos el alboroto. Llegaron los bomberos a extinguir el fuego. Luego vino la policía. Escuché al sargento McPherson decirle a un policía que había visto a un integrante del grupo de jóvenes delincuentes correr hacia los árboles poco antes del incendio. Todos se tragaron el cuento de que los jóvenes estaban haciéndole una guerra a la escuela. Entre los alumnos surgieron historias de que los mismos jóvenes estaban tratando de venderles drogas a los niños más pequeños. Querían hacerlos adictos. Querían destruir la escuela, y querían desmoralizar a las tropas. Unas semanas después, se organizó en la escuela una exposición exclusiva para el departamento de Defensa. El sargento McPherson se encargó de traerla. Trajeron sus aparatos de combate más nuevos, especialmente los de inteligencia, casi todos fabricados por Link. Los representantes de la empresa estaba allí. Link había ganado un contrato millonario para suplir al éjercito por mucho tiempo. Todos estaban bien contentos.
Wu y yo estábamos decepcionados. Él más que yo. Se había creado muchas expectativas. Una noche llegó a mi cuarto mientras yo estaba acostado en la cama mandando mensajes a Nicole. Seguía intentando sin éxito. – Esconde esto – dijo al darme su tableta. -¿Por qué?- pregunté mientras la tomaba. – Hoy me siguieron – dijo. -¡¿Qué?!- dije. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Escondí la tableta debajo de mi cama. – Es cuestión de tiempo. – dijo Wu tranquilo. – Pero no me importa. Me siento bien… Quiero que sepas… que eres grande amigo.- . – Tu también- le dije. Se sintió como una despedida. Nos dimos un apretón de manos. Sonrió y se fue a su cuarto. Sentí que tenía que esconder mejor la tableta. Me levanté de la cama y la saqué. La escondí en mis pantalones y salí del dormitorio. La escondí detrás de unos contenedores de basura.
El día siguiente, después de clase, Wu ya no estaba. Le pregunté a mi amigo, su compañero de cuarto, que había pasado. Me dijo que habían entrado al cuarto y habían encontrado dulces. Wu los pudo haber escondido, pero ya estaba harto de la escuela. Pienso que los dejó a propósito. Corrió el rumor de que Wu era amigo de los jóvenes que habían causado el incendio. Como yo era el más cercan a Wu, varios me preguntaron si el rumor era cierto. Varios sospecharon de mi, incluso algunos de mis amigos. Me evitaban. No tardé en darme cuenta que me espiaban. Era evidente. Alumnos que nunca había visto se asomaban en mi cuarto cuando tenía la puerta abierta, y el fin de semana, la escuela no se quedaba vacía. Me ponían muy nervioso. No la pasaba bien.
Llegaron en la noche. Yo estudiaba en mi escritorio. Eran tres alumnos y el sargento McPherson. Irrumpieron como si fuera una redada. – Levántate – me dijo el sargento, muy tajante. Estaba enojado. Yo me asusté. El sargento me quitó la silla y me empujó a la pared. – ¿Dónde está? – me preguntó mientras los alumnos inspeccionaban el cuarto. Kim, mi compañero de cuarto estaba asustado también. Reconocí a los alumnos. Eran el equipo Link, los que arreglaban las tabletas. – ¿Dónde está qué? – le dije. – No te hagas pendejo – dijo. Pensé que hablaba de la tableta. – Los dulces – dijo. -¿Dónde están?-. – No tengo dulces – dije. El sargento se puso a buscar en mi cuarto. Tiró mis cosas y abrió mis cajones. – Más te vale que no los encuentre – dijo. Siguieron buscando un rato. Un alumno le dijo al sargento – No están – .
Me llevaron a una oficina, donde había un par de maestros. Estaba el señor Sifton sentado en un escritorio. Me sentaron frente a él. A su lado estaban dos maestros. Detrás de mi estaba el equipo Link y el sargento McPherson, que le dijo al director que no había encontrado los dulces. – Dice que no tiene – dijo el sargento. El Sr. Sifton me vió muy serio. Me enseño su tableta y corrió un video. En el video aparecía yo hablando con Wu, en mi cuarto. Era la noche que Wu me había pedido que escondiera su tableta. No supe que decir. Caí en cuenta que habían activado el lente de mi tableta para espiarme. Pero en el video no se podía saber qué era lo que me dió. Ellos suponían que era droga. – ¿Dónde están los dulces? – me preguntó el director. Yo seguía tratando de digerir la situación. – Es muy fácil – dijo el director. – Me dices o estás fuera – . Entendí porque estaba el equipo Link allí. Sentí la vibra pesada de la gente del cuarto. Me sentí impotente. Me sentí cansado. Quería irme a mi casa. – Nunca te voy a decir – le dije.
Dos días después estaba en el avión. A mi también mi vincularon con el grupo de jóvenes delincuentes. Mis papás ya sabían. Les avisaron los de la escuela. Yo les marqué, pero no quisieron hablar mucho conmigo. Me dijeron que yo era una decepción. En el avión jugaba con la tableta vieja de Wu. La había recogido antes de salir. Le mandé un mensaje a Wu. Le puse que a mí también me habían corrido, le dije que era mi hermano, y le escribí que un día le regresaría su tableta. Después, desde una cuenta anónima, subí el video de Wu a internet. Metí la tableta a la mochila. Me quedé dormido. Tuve un sueño. Soñe que estaba en una estación de autobuses en un planeta cerca de la Tierra. Iba a viajar a casa, de vuelta a la tierra, que era visible desde la estación. Todos los continentes tenían pequeños brillitos extraños en su superficie. Varios en la estación nos preguntamos que eran esos brillos. Me subí a un autobus. Volé de regreso. Al llegar, nos dimos cuenta que no podíamos caminar en el piso. La gente caminaba sobre unas murallas. Supimos que eran los brillitos extraños. Eran las cabezas de cables gigantes que , como gusanos, se retorcían en la tierra. Uno de esos cables se enrolló hasta la cintura. Me asusté. No podía zafarme. Unas personas, que estaban encima de las murallas me gritaron. Eran Wu y Nicole. Me estaban diciendo que mordiera el cable para quitármelo de encima. Eso hice. El cable hizo un gemido y se volvió a meter en la tierra. Subí a la muralla. Abracé a Wu y a Nicole.
Muchos años después recibí un mensaje. Decía: Hola ¿Hay alguien allí? . Era Nicole. Tenía un bebé en sus brazos. A su lado estaba un hombre. Ambos sonreían. Se veía contenta.